Federico Lleras Guerra contra lo invisible (fragmento)Germán Espinosa

Federico Lleras Guerra contra lo invisible (fragmento)

"Presintió que lo peor iba a sobrevenir. No podía, sin embargo, apartar la vista del rectángulo de aquella puerta, por donde surgía la cinta como un aviso apacible y, al tiempo, espantosamente inquietante. Casi sin que se diera cuenta, una lágrima resbaló por una de sus mejillas. Ahora sabía que por esa puerta iba a producirse una aparición paradisíaca, pero que al mismo tiempo su corazón se hundiría en un abismo letal. La cinta seguía flotando ante sus ojos. Podía ver sólo un extremo de ella, cual si el otro se hallase sujeto a un cuerpo presentible que demoraba en el cuarto de baño. Para él, la posición que, para verla, debía adoptar su cabeza, era en extremo atormentadora, mas no podía evitarla. Se preguntó, por un instante, si sería posible que alguna de sus hijas, sin que él lo supiera, se encontrase allí. Pero descartó la hipótesis, porque un suave perfume de espliego parecía desprenderse de la presencia oculta e inundar con dulzura sus fosas nasales. Decidió rendirse a ese deleite, a despecho del sobresalto de su corazón. El aroma lo acariciaba con una frescura primaveral. Entonces, la presencia empezó a emerger hacia la alcoba. ¿Cómo pudo penetrar en su cuarto? ¿Cómo, burlar la vigilancia de sus hijas? Pues se trataba sin duda, se dijo, de la mujer del trasatlántico y de la fuente de las Medusas. Lo sabía en una forma irracional, se lo gritaba el galope de su corazón. El tiempo empezó a discurrir, para él, con una melodiosa lentitud. Cuando, por fin, la tuvo de cuerpo completo ante los ojos, la falla de su corazón lo obligó a un respingo y a un grito ahogado. Elvira e Isabel acudieron alarmadas. Se había doblado sobre sí mismo y el aparato ortopédico entorpecía su cabeza dolorida. Las mujeres percibieron, ellas también, el olor a espliego, pero no tenían tiempo de detenerse en minucias. Mientras Isabel trataba de asistir al enfermo, Elvira tomó el teléfono y requirió al doctor Tardieu. Éste compareció en un vuelo, pero es lo cierto que Federico se hallaba, cuando llegó, bastante repuesto. Habían prescindido del artilugio de ortopedia y ahora reposaba la cabeza, con serenidad, sobre varias almohadas. Por un instante, vio cómo la mujer del vestido vaporoso le decía adiós con la mano desde la puerta y se marchaba. Preguntó quién acababa de salir y le dijeron que nadie. "


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