Nubes que pasan, de Gente independienteHalldor Laxness

Nubes que pasan, de Gente independiente

"Rosa se aferró a las crines de la potranca con ambas manos; agachó la cabeza y le temblaron los labios, como si fuese una chiquilla. No se atrevió a decir nada más. Siguieron marchando. Pero cuando llegaron a los terrenos llanos de la pradera, al otro lado de la montaña, fue Bjartur quien se detuvo, porque ya se podía ver la Casa Estival a la distancia. Apoyándose contra el cuello de la potranca señaló la nueva casa, indicó cuán próspera parecía en el verde claro de su colina baja, con la montaña sobre ella y los marjales delante; y el lago; y el río corriendo suavemente a través de los pantanos. La casa todavía era parda y los ladrillos de césped, recientemente cortados, aún estaban pelados de hierbas. Bjartur anhelaba el momento de enseñarle la casa desde lejos, y precisamente en ese lugar, entre los arroyuelos del brezal, quería escuchar sus exclamaciones de placer. Pero, quién sabe por qué, no se vieron chispas en los ojos indiferentes que miraban hacia el valle; las sombras del dolor que el incomprensible comportamiento del hombre ante el túmulo le provocara todavía le oscurecían las facciones.
(...)
Pero la mujer siguió contemplando con silencio empecinado la melena del caballo, y una sombra cayó repentinamente sobre el valle de marjales, porque era uno de esos días de comienzos del verano que tienen rostros animados... blancas manadas de nubes cruzan el cielo como pensamientos y las sombras barren la tierra y arrebatan el sol a todo el valle, aunque las montañas que se yerguen en torno sigan bañadas en la luz del sol. Y como su esposa no respondió, Bjartur soltó el cuello de la potranca, tomó nuevamente las riendas, llamó a la perra, aunque fuese innecesario, y, con los regalos todavía tintineando dentro de los morrales, condujo nuevamente a su esposa. El sendero había comenzado a descender ladera abajo, al borde del barranco que el río excava a través de la montaña, y unas gotas de lluvia empezaban a caer de la nube que pasaba sobre el valle antes de que la mujer quebrara el silencio llamando a su esposo.
(...)
Las lágrimas brotaron de los ojos de Rosa; pocas cosas hay tan consoladoras como poder llorar. De este modo continuaron su viaje de descenso al valle. La pera caminaba silenciosamente por detrás. Y cuando llegaron frente al pegujal, Bjartur sacó a la potranca de la senda y la hizo cruzar el marjal, en dirección a la casa. Era preciso esquivar ciénagas y profundos estanques. En un lugar la bestia se hundió hasta los ijares; cuando trepó trabajosamente a terreno firme, la mujer fue arrojada y permaneció allí, en el agua y el barro. Bjartur la levantó y le limpió la mayor parte del cieno con el pañuelo. - A ustedes, las mujeres, hay que tenerles más lástima que a los mortales ordinarios, supongo - dijo. Esta observación hizo que Rosa dejase de llorar, y caminó a su lado el resto del camino. Se sentó junto al arroyo para retorcerse las faldas, mientras el pegujalero desensillaba a Blesi y la maneaba. Las sombras habían huido del valle y la luz del sol bañaba el campito. "



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