Llenos de vida (fragmento)John Fante

Llenos de vida (fragmento)

"Mi padre bajó del vehículo. Entre los dos ayudaron a bajar a Joyce, que tenía los ojos húmedos de llorar. El sacerdote la tranquilizó poniéndole las grandes manos en los hombros.
Joyce lloró suavemente. Mi padre y el sacerdote se pusieron a hablar en italiano. Agitaron las manos, cabecearon, fruncieron el ceño, gruñeron, se burlaron, sonrieron, rezongaron, pusieron los ojos en blanco, hicieron muecas, se bambolearon, me señalaron y finalmente cayeron en un meditabundo silencio mientras se miraban con perplejidad y aflicción. El gigantesco sacerdote metió la cabeza en el vehículo y me traspasó con sus ojos negros.
—Usted. Aparque el coche.
¿Por qué no? En una ocasión así, era solemne deber del padre aparcar el coche. Crucé la calle y me interné en el amplio aparcamiento del hospital. Cuando volví a la puerta, habían desaparecido. Entré en el vestíbulo. Habían tomado el ascensor y ya habían subido. Pregunté a la enfermera de recepción, pero no podía decirme nada. Me indicó que hablase con la enfermera de la planta doce.
También allí arriba andaban las cosas mal. No me enteré de nada. Mi padre y el sacerdote se habían esfumado. La enfermera jefe me informó de que el doctor Stanley estaba haciendo una revisión a Joyce. Era baja, de tórax grueso, cara rojiza y brazos musculosos. Estaba demasiado ocupada para hablar conmigo. Tenía el mostrador lleno de papeles y libros de contabilidad.
—¿En qué habitación está? —pregunté.
—No puede verla.
—Soy su marido.
—Creí que su marido era el viejo.
—Es el marido de mi madre. Mi padre.
Volvió a sus papeles. Entraron y salieron enfermeras. Y yo en medio, tratando de no estorbar. El teléfono sonaba incesantemente. Un interno informó a la enfermera jefe de que el 1231 quería zumo de naranja. La enfermera jefe sonrió con desprecio y dijo:
—Nada de zumo de naranja.
En la parte superior de la pared que tenía enfrente había una caja eléctrica con una pantalla en la que aparecía y desaparecía un número en rojo, el 1214. Centelleaba con urgencia. Nadie le prestaba atención, ni las enfermeras ni el personal interno.
—¿Está mi mujer en la 1214?
—No.
Señalé la pantalla con la cabeza.
—Alguien quiere algo en la 1214.
—Joven, vaya a la 1245 y siéntese.
Miré en todas partes buscando la 1245. Recorrí todos los pasillos. No la encontré. Las habitaciones estaban numeradas por orden y luego había unas cuantas puertas sin numerar. Abrí una puerta sin número y una mujer se incorporó en la cama y dijo: «Largo.» Y al final busqué a la enfermera jefe. "



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