Espera a la primavera, Bandini (fragmento)John Fante

Espera a la primavera, Bandini (fragmento)

"Se marchó entonces. La pobrecita. Su madre, la pobrecita. Aquello le produjo tanta rabia que los ojos se le humedecieron. En todas partes era igual, siempre su madre, la pobrecita, siempre pobre, pobre siempre, siempre aquello, aquella palabra, siempre con él y alrededor de él, y de súbito dejó de contenerse en la clase medio a oscuras y se puso a llorar, a exorcizar la pobreza con los sollozos, y lloraba y se ahogaba, aunque no por aquello, no por ella, no por su madre, sino por Svevo Bandini, por su padre, por la cara que tenía siempre su padre, por las manos nudosas de su padre, por las herramientas de su padre, por las paredes que había construido su padre, las escaleras, las comisas, las chimeneas y las catedrales, todo sublime y hermoso, pues no le embargaba otra sensación cuando su padre se deshacía en elogios de Italia, de cierto cielo italiano, de cierta bahía de Nápoles.
A las cinco menos cuarto se le había pasado la tristeza. El aula estaba casi totalmente a oscuras. Se pasó la manga por la nariz y experimentó un brote de alegría en el corazón, un sentimiento de bienestar, un sosiego que hizo que los quince minutos que faltaban se pasasen volando. Quiso encender las luces, pero la casa de Rosa estaba junto al descampado del otro lado de la calle y desde el soportal trasero se veían las ventanas de la escuela. La muchacha podía ver la luz encendida y recordar que él se encontraba todavía en el aula.
Rosa, su novia. Ella no le podía ni ver, pero era su novia. ¿Sabía que la amaba? ¿Por eso le odiaba ella? ¿Descifraba los misterios que le corrían a él por dentro y por eso se reía de él? Fue hasta la ventana y vio luz en la cocina de la casa de Rosa. En algún punto, bañada por aquella luz, Rosa se movía y respiraba. Tal vez estuviera estudiando la lección en aquellos momentos, porque Rosa era muy aplicada y obtenía las mejores notas de la clase.
Se apartó de la ventana, se encaminó hacia el pupitre de ella. No había otro igual en el aula: era más limpio, más femenino, la superficie estaba más brillante y mejor barnizada. Se sentó en el asiento de ella y la sensación le produjo un estremecimiento. Palpó la madera, el interior del pequeño anaquel donde ponía ella los libros. Los dedos encontraron un lápiz. Lo observó de cerca: estaba ligeramente señalado por los dientes de Rosa. Lo besó. Besó los libros que había en el pupitre, todos ellos preciosamente forrados con hule blanco y perfumado.
A las cinco en punto, desfallecido de amor y desgranando con los labios un incesante Rosa, Rosa, Rosa, bajó las escaleras y salió al atardecer invernal. La iglesia de Santa Catalina estaba al lado del colegio. ¡Rosa, te amo!
Anduvo en trance por el lóbrego pasillo central, el agua bendita enfriándole aún la punta de los dedos y la frente, los pies despertando rumores en el coro, el aroma del incienso, el aroma de mil entierros y mil bautizos, el olor dulzarrón de la muerte y el olor agrio de los vivos mezclándosele bajo las aletas de la nariz, el resuello apagado de las velas encendidas, su propio eco mientras avanzaba de puntillas por la larga nave, y Rosa en su corazón.
Se arrodilló ante el Santísimo Sacramento y se esforzó por rezar como le habían dicho, pero la cabeza le temblaba y flotaba en el delirio del nombre de la muchacha, y de pronto se dio cuenta de que estaba cometiendo un pecado, un pecado gordo y horrible en presencia del Santísimo Sacramento porque pensaba en Rosa con malas intenciones, pensaba en ella de un modo que prohibía el catecismo. Cerró los ojos con fuerza y trató de ahuyentar al mal, pero volvió con energía redoblada y en la cabeza se le formó una imagen de pecaminosidad sin precedentes, un pensamiento que no había tenido hasta entonces en toda su vida y abrió la boca no sólo a causa del horror que le producía el encontrarse ante Dios con el alma desnuda, sino también a causa del éxtasis asombroso que le producía la imagen. Era intolerable. Podía morir por ello: Dios podía fulminarle allí mismo en el acto. Se levantó, se santiguó y salió corriendo de la iglesia, aterrado, el pensamiento pecaminoso persiguiéndole como dotado de alas. "



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