La derrota de los pedantes (fragmento)Leandro Fernández de Moratín

La derrota de los pedantes (fragmento)

"Lo cierto es que con esta diligencia cesó el combate. Las tropas se retiraron a los parajes señalados, y el dios, satisfecho de aquella obediencia, marchó con el perillán que había pescado, asiéndole fuertemente de las agallas, que no le dejaba gañir.
Quiso ante todas cosas dar cuenta a Apolo de lo ocurrido, y abriendo un camaranchón sucio que había servido muchos años de carbonera, metió en él su presa. Torció la llave, se la colgó del dedo meñique, y en un santiamén buscó a su hermano, que estaba hojeando a toda prisa El arte de la guerra del filósofo de Sans-Souci y disponiendo un plan de fortificación y defensa. Le dio buenas esperanzas y le contó ni más ni menos cuanto se acaba de referir.
Se holgó en extremo el dios intonso con las noticias que le dio Mercurio. Se trató de lo que en el caso convenía, y resolvieron que Apolo recibiese la embajada con toda ceremonia, para dar a la pompa y aparato un remusguillo de amenaza; que se oyese con benignidad al enviado o, por mejor decir, al traído, y que aunque fuese necesario ceder un poco a las circunstancias, se procurase no exasperar a unas gentes demasiado dispuestas a cometer cualquier exceso; y en fin, que mientras durase la grave escena, Mercurio desgastara los talares en ir y venir, y volver y tornar para lo que ocurriese en una y otra parte.
Hecho esto, mientras Apolo se fue a vestir de gala y alheñarse la cabellera, su hermano marchó a buscar el preso. Se asomó de camino a un agujero que caía al portalón, y vio que estaban todos quietecitos como unos muertos, sin chistar ni mistar, ni decirse los unos a los otros una mala desvergüenza.
Se alegró mucho de ver aquella tranquilidad, y se fue en derechura a la carbonera donde estaba su hombre. Escuchó un poco por la cerradura, y le pareció que estaba recitando versos, y así era la verdad, porque en menos de un cuarto de hora que llevaba de encierro había ya compuesto dos ovillejos, un madrigal y tres sonetos caudatos quejándose de su mala suerte, y llorando su prisión como pudiera el mismo Macías.
-¡Cuerpo de tal conmigo -dijo Mercurio-, y qué pájaro tenemos en la jaula! Para mis barbas, si no es éste el peor de su rebaño. ¡Haya picaruelo! ¿No ha nada que entró en cisquero, y ya tenemos coplillas de pie quebrado, y estrambotes, y «mariposilla incauta», y «arroyuelo murmurador»? Por mi vida, que el tal improvisante debe de tener manejo y vena.
En esto le abrió la puerta del cuchitril, diciéndole halagüeño:
-Salga acá fuera, señor galán, salga acá fuera, que ya he llegado a entender su habilidad. Salga y véngase conmigo, que mi hermano Apolo está deseoso de conocerle.
-¡Oh, favor! -exclamó el de los ovillejos-, ¡oh, favor!
Y tendiéndose en el suelo cuan largo era, agarró de las piernas a Mercurio y le besó los pies una y muchas veces. El dios se resistía, pero no lo pudo evitar. Levántale con mucho agasajo, y el poeta, sin curarse de limpiar el cisco y telarañas que tenía en el rostro, manos y vestido, siguió a Mercurio haciéndole mil reverencias, quitándole con ridícula oficiosidad las pelusitas que llevaba en la ropa, y adelantándose a espantar con un pañuelo asqueroso las moscas, para que no ofendiesen a la deidad, que al ver aquellos obsequios apenas podía contener la risa. "



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