En tierras bajas (fragmento)Herta Müller

En tierras bajas (fragmento)

"En cada rincón hay cajones y cajas con clavos y martillos. Cuando el abuelo martillea, se oyen dos ruidos simultáneamente: uno es el del martillo y el otro proviene del pueblo. El patio entero resuena con su piso de piedra. A las flores de manzanilla se les caen los finos dientecillos blancos. Siento el peso del patio sobre los dedos del pie, el patio me oprime los pies, el patio me golpea las rodillas cuando camino. El patio es duro y grande y está cubierto de malezas. Elevo el tono de voz lo más que puedo, y el martilleo me arranca las frases de la cara.
Al abuelo le gusta hablar de sus martillos y sus clavos, y tilda a muchas personas de «maderos». Los clavos del abuelo son nuevos, puntiagudos y brillantes. Y sus martillos son macizos, pesados y herrumbrosos, y tienen mangos demasiado gruesos.
A veces el pueblo es una gigantesca caja de vallas y paredes. En ellas clava el abuelo sus clavos.
Al ir por la calle se oye el martilleo, que recuerda el de los pájaros carpinteros. Cada valla envía el eco a la siguiente. Uno deambula entre las vallas. El aire tiembla, la hierba tiembla, las ciruelas azules susurran entre los árboles. Estamos en pleno verano, y los picamaderos revolotean por el pueblo. Y a mamá, aún le quedan manos para trabajar como una negra, y la abuela tiene su amapola y apenas si se mueve por la casa, y el abuelo se encarga de la vaca y tiene sus clavos, y papá aún está con la resaca de ayer y hoy vuelve a beber.
Y Wendel todavía no ha aprendido a hablar y por las calles le tiran tierra y piedras, y lo arrojan a las charcas y a la acequia, donde el fango apesta, y los niños de la escuela le pintan la espalda con tiza y él tiene que ir por la calle cubierto de rayas de tiza. Y le salpican la cara con tinta, y sólo cuando rompe a llorar lo dejan ir a casa. Sólo cuando el rostro se le desencaja de miedo lo dejan en paz, sólo cuando tiene la nuca llena de orugas y lombrices y pulgones.
Wendel habla fluidamente cuando está solo y conversa consigo mismo. A veces lo oigo en el patio interior. Ambos nos sentamos junto a la misma valla, Wendel en su patio y yo en el mío. Yo como frutos de malva, que vuelven tonta a la gente, y Wendel come albaricoques verdes, que a veces le producen fiebre alta. Y cuando sana, vuelve a comer albaricoques verdes y a conversar consigo mismo.
Un día pregunté a mamá si la valla que separa nuestros dos patios era mía o de Wendel. Quería oír que era mía, quería poder ahuyentar a Wendel cuando se apoyase en ella. Pero mamá me dijo que la valla era mía y de Wendel, y en ese momento sentí ganas de maldecir el lado de la valla que daba a su patio para que no creciera ni una sola malva. Sólo le deseé hierba tiesa y áspera.
Los médicos de la ciudad dicen que el miedo es la causa de la tartamudez de Wendel. El miedo creció un día dentro de él y nunca más se fue. Wendel teme ahora tener muy pocos albaricoques verdes. Está en la era de nuestra granja. Jugamos a marido y mujer. Yo me meto los dos ovillos de lana verde bajo la blusa, y Wendel se pega su bigote de lana de oveja verde.
Jugamos. Yo lo riño porque está borracho, porque no trae dinero a casa, porque la vaca no tiene pienso, y le digo que es un gandul y un cerdo y un vagabundo y un borracho y un inútil y un granuja y un putañero y un cabrón. Así es el juego. Me divierte y es fácil de jugar. Wendel se queda sentado en silencio. "



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