El bebedor de lágrimas (fragmento)Ray Loriga

El bebedor de lágrimas (fragmento)

"En algo al menos había que darle la razón a Laura: el restaurante del viejo puerto resultó realmente encantador. La vista era sin duda la mejor de la bahía y en una noche de luna llena era difícil imaginar un paisaje más hermoso, sobre todo difícil para Adela, que había viajado muy poco. El mar estaba tranquilo y el cielo claro, y el paisaje desde el ventanal abarcaba desde el faro de punta Compt hasta el faro antiguo del puerto. El ambiente era familiar y honesto, y por una vez no había ni rastro de estudiantes, ni de ellos ni de ellas. El olor a pescado a la parrilla abría el apetito nada más cruzar la puerta. Los manteles blancos estaban bordados con graciosos motivos marineros y había flores en todas las ventanas, que permanecían abiertas dejando pasar una suave brisa con aroma de mar. En fin, que no podía haber a lo largo de la costa un lugar más encantador y que era casi imposible no olvidarse allí dentro, por un instante, de todas las preocupaciones.
Durante la cena —exquisitas langostas de Coversgate, de tamaño exagerado—, la conversación transcurrió encantadora y ligera, regada con abundante vino de Napa Valley conseguido gracias al carné de conducir de Laura, que era en realidad el de su hermana Jenny. Un engaño imposible de descubrir mirando la foto, pues las dos hermanas eran como dos gotas de agua. Tan idénticas que a Adela y a Sara les costó creer que se tratase de dos chicas distintas. Sin embargo, no fue el parecido entre las dos hermanas lo que más sorprendió a Adela al mirar el carné de conducir, sino la medalla que llevaba colgada Jenny en la foto. Parecía la misma que le había entregado el camarero del Inferno, con un sagrado corazón en llamas, la misma que había escondido entre las sábanas de su cama sin que Laura lo supiera. Claro que no podía estar segura: en la foto, como es lógico, era imposible ver el reverso de la medalla, pero le pareció demasiada casualidad y se preocupó por no haberla escondido mejor. Decidió que en cuanto volvieran tendría que encontrar la manera de sacarla de la habitación y ponerla a buen recaudo, lejos de Laura. Decidió también esconder más todas y cada una de sus intenciones, sonreír más, mentir mejor, ganarse, en una palabra, la confianza de Laura y sobre todo no alimentar su natural recelo.
Hablaron de lo que hablan las mujeres cuando están solas: de chicos, de estrellas de cine, de literatura, de salud, de sus propios cuerpos y sus formas y sus correspondientes preocupaciones y orgullos y complejos y no fue hasta que estaban terminando los postres, apenas fruta después de la comilona, que una nube cubrió la luz de la luna. "



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