Vida de Joseph Roulin (fragmento)Pierre Michon

Vida de Joseph Roulin (fragmento)

"Pensó en el parisino, que era buen chico pese a todo, que no lo timaba sino a medias, y eso que podría haberlo timado por completo. Aquel hombre no le debía nada a Roulin. A lo mejor era Roulin quien le debía algo; Roulin, quien, de no haber sido por él, habría podido morirse en la creencia de que, antaño, en Arles, había tenido visiones; que aquella formidable violencia que había visto en unos melonares no se salía de lo normal; que no era una fabulosa pena que había que purgar, fuese cual fuese el resultado; que tampoco era la encarnación de a saber qué voluntad poderosa que a los hombres los convierte en príncipes; que no era sino la gesticulación de un chiflado en plena insolación, algo excesivo y ridículo, igual que cuando las trompetas de Aida suenan de pronto, con cincuenta cobres, en el césped donde están jugando unos jubilados. Le debía a aquel joven el haber conocido a un gran pintor, el haber visto y tocado algo en cierto modo invisible, y no a un pobretón a quien se invita a confituras. Y aquel joven, que había aprendido a usar el dinero, como se veía por la chaqueta que llevaba, por sus ademanes, por sus finezas, sabría usar aquel cuadro que ellos tenían, le sacaría mejor provecho. Claro que era un poco bribón, como lo son todos; pero Roulin, puesto a cavilar, como ya he dicho, era capaz, igual que cualquier hombre, de vislumbrar, al hacerlo, algunos destellos verdaderos o falsos. Roulin cayó en la cuenta de que sólo robaba a los muy ricos, quienes, de todas formas, se lo podían permitir, a esos ciudadanos superlativos que se prendan de aquello de lo que les dicen que hay que prendarse, esos a los que se llama aficionados. Y que, seguramente, les proporcionaba incluso cierto placer, por más que envenenado, ya que, tras haberlos convencido de que sólo ellos podían leer las runas de Vincent, los proveía de ellas, acto seguido, a cambio de su peso en oro; y, cuando trasladaban su orondo peso desde sus acerías a sus casas y sentaban ese peso frente a la pared en la que se erguía, intocable, una imperial Marie Ginoux, o un Moro con imperial pantalón rojo, o los trigos imperiales de las afueras de Arles, les daba mucho gusto tener todo eso, eso mismo que en su propia casa se les hurtaba y los colmaba de sufrimiento y de una gran ira reprimida. Y aquella bribonería le hacía gracia a Roulin, el príncipe republicano. Pero era un factor rojo anciano; entra, pues, dentro de lo posible que sus pensamientos no tuvieran tanto alcance; que, sencillamente, admitiese que le gustaba aquel joven capitalista, porque los dólares, claro está, y los negocios que hacen pasar hambre a la pobre gente no le gustaban, pero cuando los dólares se encarnan, ante las propias narices de uno, en un hombre encantador que no lo perjudica a uno, la cosa no resulta tan fácil; también en eso de los dólares se estaba volviendo indulgente y dubitativo. Le pidió perdón por ello al retrato de Blanqui, que ahora estaba ya todo descolorido. Miró los tres colores izados encima de la Vieille Charité y es posible que no viese entre sus pliegues, como solía, esa bandera de un solo color, que ha de acabar con el mal, flotando sobre nuestro paraíso con ayuda del animal que simboliza la Historia, como sucede con la tarasca Tarascón, donde hace mucho que ya no hay tarasca, ese animal paciente, ciego y escarbador, impotente, ese viejo topo que Marx tenía en su escudo de armas. "


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