Aquella edad inolvidable (fragmento)Ramiro Pinilla

Aquella edad inolvidable (fragmento)

"Se dispersaron en la calle, y se quedaron los últimos Souto y Petaca. Las palabras de este en su despedida llevaban una carga plomiza: —Botas, mételes en Madrid el gol de la Copa para que el hijoputa de Franco nos la tenga que entregar a los vascos.
Ante la dureza de los entrenamientos Souto llegó a pensar que si se extendieran a las categorías inferiores surgiría una legión de mitos como Yermo y Belauste. Volvía a casa tan roto que si alguna vez esperó que la madre hablara fue entonces. Sentía a Cecilio muy próximo a sus agotamientos, sobre todo desde la noche en que le oyó al retirarse a dormir: «Hoy el chico ha roto las botas». Pero seguía cumpliendo bien en sus citas con Irune en la playa.
Souto era un gran chutador, potente y colocando el cuero. El portero Lezama le temía. En cambio, sus remates de cabeza no pasaban de normalitos y el entrenador lo sometió a palizas intensivas. Los extremos Iriondo y Gainza lo bombardeaban desde las bandas y Souto desviaba con su testa balones que por la mañana eran de cuero y al final de la jornada le parecían de piedra. El sueño del rematador consiste en colar el balón por uno de los dos ángulos superiores «quitándole las telarañas». Si, además, este gol resulta decisivo, pasa a los anales y el nombre del jugador a las generaciones futuras. Como si el fútbol fuera un proceso matemático. Medio palmo más allá o más acá no habría gol o perdería su magia, aunque talento y esfuerzo habrían sido los mismos. Existe en proyecto la jugada perfecta, pero solo de tarde en tarde el sueño se realiza. «El fútbol es así», se filosofa. Pero hay desmayos matemáticos cuando surge el milagro. Uno de los encantos del fútbol es la democracia de los goles, pues tiene el mismo valor uno de sueño que otro metido con el culo.
Souto observó que el directivo calvo no perdía ocasión de vigilar a su gente cuando descendía por los famosos escalones de la tribuna. "



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