En el tiempo de los tallos verdes (fragmento)Ramiro Pinilla

En el tiempo de los tallos verdes (fragmento)

"Todavía no sentí nada raro, porque aún estaba en el portalón; pero en cuanto las ruedas dejaron de rodar sobre la piedra y lo hicieron sobre la hierba, me asusté; comencé a respirar como ahogándome y mis manos perdieron la fuerza y dejaron de mover las ruedas; y allí, detenido en medio de la noche, ahora bajo las estrellas, permanecí un buen rato, pensando mucho; pensando, sobre todo, en la madre; no en mí, en lo que me había propuesto hacer, sino en la madre, que si no me había oído salir se debía a que yo había hecho las cosas bien, no a que estuviera dormida, digamos, como Marcos o como Esteban, e incluso como el abuelo o la abuela, cuyo primer sueño solía ser bastante bueno, según ellos decían; seguramente no dormía y si no dormía estaba pensando en mí, en cómo me habría sentado el cambio de cuarto y, mientras, yo allí engañándola, rebelándome contra ella y contra todos, pero sabiendo también que no podía hacer otra cosa, porque nadie se hubiera puesto de mi parte para hacer todo aquello en favor del forastero; ni siquiera Esteban; y no a causa de que lo considerara culpable —eso hubiera sido lo de menos—, sino por mí; me habría dicho: “¿Estás loco?”, y yo le habría dicho: “¿No me llevaste a los entrenamientos y luego al partido?”, y él: “Pero esto es diferente. Una cosa es tratar de que un hermano lo pase lo mejor posible y otra ayudarle a meterse donde nadie le ha llamado, llevarle en su silla a la casa de Pepita para... A este paso te llegaría a subir desde las peñas Galea arriba”; me miraría fijamente con sus ojillos inquietos, me sonreiría y me diría finalmente: “No”.
Sin embargo, aunque estaba asustado, no me arrepentía de haber llegado hasta allí, a pesar de que, por primera vez en un año, todo lo había hecho a mi costa, desde el trabajo a la responsabilidad; eso me demostró que aquello se diferenciaba de todo lo anterior; porque cuando me solía juntar con Perico Orejas y los demás y cogíamos un gato y lo quemábamos dentro de una jaula con barrotes de varillas de paraguas, o nos poníamos a tirar piedras a otras huertas, o alguno traía un cigarro y nos metíamos entre las paredes del castillo viejo y lo chupábamos a turno, luego, si pensaba en ello, me hubiera gustado no haberlo hecho, sobre todo porque tenía que acabar confesándoselo a don Pedro. Entonces estaba allí parado, pensando, sí, e incluso asustado, esperando que llegara lo de siempre, dándole ocasión al arrepentimiento a que se presentase a tiempo; pero, nada; por eso digo que aquello era diferente, algo muy especial entre el forastero y yo, donde todo estaba permitido, como sucede en muchos asuntos de los mayores. Mayores. El forastero lo era; y si yo componía con él una asociación o algo así, a mí me correspondía elevarme a su altura, y en ese momento me expliqué el motivo de que algo tan terrible como mi rebelión no me empujara a un arrepentimiento, porque si desde algún sitio —acaso desde mi interior— se estaba esperando que yo pasara precipitadamente de chaval a mayor, el salto no se realizaría así como así, sino que hacía falta un esfuerzo que no desmereciera.
Pero estaba asustado. Aún miraba la silueta de “Altubena” a la luz blanca de la luna cuando me encontré empujando las ruedas y avanzando ya por la campa seca y dura; llegué a la estrada y seguí por ella, ahora más lentamente, porque las ruedas de carros y las pezuñas de bueyes y vacas habían dejado en el barro huellas profundas, ahora endurecidas, y lo que hice fue andar tanteando hasta encajar la rueda derecha en el canal profundo de una de carro, y así, como un barco escorado, seguí adelante hasta alcanzar el Paseo del Ángel y el alivio, porque en él el piso era llano. "



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