La muerte del padre - Mi lucha 1 (fragmento)Karl Ove Knausgard

La muerte del padre - Mi lucha 1 (fragmento)

"Siempre había intuido que Yngve y yo teníamos una relación diferente con mi padre. Las diferencias no eran grandes, pero tal vez sí significativas. ¿Qué sabía yo? Durante una época mi padre se había acercado a mí, lo recordaba bien, fue el año que mi madre estudió en Oslo y luego hizo prácticas en la institución de Modum, y nosotros vivimos en casa con él. Era como si él ya hubiera dado por perdido a Yngve, que entonces tenía catorce años, pero aún le quedara la esperanza de poder establecer una buena relación conmigo. En todo caso me veía obligado a estar en la cocina todos los días, mientras él preparaba la comida. Yo sentado en la silla, él de pie junto a la placa friendo lo que fuera. Entonces él me interrogaba sobre distintos asuntos. Qué había dicho la profesora, qué habíamos aprendido en la clase de inglés, qué iba a hacer después de comer, si sabía qué equipos jugarían el partido de la quiniela ese sábado. Yo respondía con gran brevedad y me retorcía en la silla. También fue ése el invierno que me llevaba a esquiar. Yngve podía hacer lo que quisiera con tal de que dijera adónde iba y volviera a casa a las nueve y media, y yo lo envidiaba por ello. Por cierto, ese período se extendió más allá del año en el que mi madre estuvo ausente, porque en el otoño siguiente mi padre me llevaba de pesca por las mañanas antes de empezar el colegio, nos levantábamos a las seis, fuera estaba oscuro como el fondo de un pozo, y hacía frío, sobre todo en el mar. Yo tiritaba y quería irme a casa, pero era mi padre el que me llevaba, de nada servía quejarse, de nada servía decir nada, lo único que se podía hacer era aguantar. A las dos horas estábamos otra vez en tierra, lo justo para que yo llegara al autobús del colegio. Lo odiaba, siempre pasaba frío, pues el mar estaba helado, y era yo el que tenía que recoger los utensilios mientras él maniobraba la barca, y cuando no conseguía coger la boya, me gritaba, lo cual era más bien la regla y no la excepción, que yo llorando intentara coger la jodida boya mientras él daba vueltas a la barca mirándome con sus ojos salvajes en esa oscuridad otoñal de la isla de Trom. Pero sé muy bien que lo hacía por mí, y que nunca lo hizo por Yngve.
(...)
Aliviado de que la conversación hubiera resultado tan fácil, salí al jardín y seguí cortando la hierba. El cielo estaba nublado, la luz suave, el aire cálido. Acabé sobre las dos. Entré a decirle a la abuela que había quedado con un amigo, me cambié de ropa y me encaminé a la capilla. Delante de la puerta estaba el mismo coche. Cuando llamé, abrió el mismo hombre. Me saludó con la cabeza, abrió la puerta de la sala donde habíamos estado el día anterior, se quedó fuera y yo me encontré de nuevo ante mi padre. Esta vez estaba preparado para lo que me esperaba, y su cuerpo, cuya piel había oscurecido aún más en el transcurso de las últimas veinticuatro horas, no despertó ninguno de esos sentimientos que el día anterior me habían desgarrado. Ahora lo que vi fue lo inánime. Vi que ya no había ninguna diferencia entre lo que mi padre había sido y la mesa sobre la que yacía, el suelo sobre el que ésta descansaba, el enchufe de la pared debajo de la ventana, o el cable que iba al aplique de al lado. Porque los seres humanos no son más que una forma entre otras formas, expresadas una y otra vez por el mundo, no sólo en lo que vive, sino también en lo que no vive, dibujado en arena, piedra y agua. Y la muerte, que yo siempre había considerado la magnitud más importante de la vida, oscura, atrayente, no era más que una tubería que revienta, una rama que se rompe con el viento, una chaqueta que cae de la percha al suelo. "



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