Las brujas de Eastwick (fragmento)John Updike

Las brujas de Eastwick (fragmento)

"La acción química y mecánica que había sustituido a su alma cobró aún más ímpetu; en su trance de indignación, la mujer había dejado de ver y de oír. Sus voces despertarían a los vecinos. Su voz era cada vez más fuerte, alimentada inagotablemente desde dentro. Él tenía el vaso en la mano izquierda; levantó el hurgón con la derecha y lo descargó sobre la cabeza de la mujer, sólo para interrumpir por un instante aquel torrente de energía, para cerrar el agujero del que manaban demasiadas cosas. El hueso del cráneo produjo un ruido seco sorprendente, como si dos bloques de madera se hubiesen juntado de pronto. Ella puso los ojos en blanco y sus labios se abrieron involuntariamente, mostrando una inverosímil plumita azul sobre la lengua. Él sabía que estaba cometiendo un error, pero aquel silencio parecía un don del cielo. Su propia química rigió sus actos; golpeó una y otra vez aquella cabeza, siguiéndola en su lenta caída sobre el suelo, hasta que el mido de los golpes fue más blando que el de la madera al chocar contra madera. Había cerrado el agujero en una paz cósmica y eterna.
Una inmensa funda de alivio se desprendió de Clyde Gabriel; una película que se deslizó de su cuerpo empapado en sudor, como una bolsa protectora de polietileno al ser levantada de un traje limpio. Sorbió el whisky, evitando mirar al suelo. Pensó en las estrellas de allá fuera y en su inconmovible disposición en esta noche de su vida, como en cualquier otra durante los eones transcurridos desde que se condensó la galaxia. Aunque tenía todavía muchas cosas que hacer, algunas de ellas muy difíciles, una perspectiva milagrosamente refrescante daba a cada una de sus acciones una claridad total, como si hubiese vuelto ciertamente a aquellos libros infantiles ilustrados que Felicia le había recordado en son de burla. Era curioso que lo hubiese hecho; había tenido razón: él había adorado aquellos días en que, por estar enfermo, se había quedado en casa y faltado al colegio. Ella le conocía demasiado bien. El matrimonio es como dos personas que se encierran para leer una lección, una y otra vez, hasta que las palabras pierden todo su sentido. Le pareció que ella gemía en el suelo, pero decidió que no era más que el fuego al digerir una venita de savia.
Como niño concienzudo y amante de la pulcritud, a Clyde le habían encantado los dibujos arquitectónicos: los que mostraban cada moldura y dintel y cornisa, y ponían de manifiesto las reducciones triangulares de la perspectiva. Con una regla y un lápiz azul, solía prolongar las líneas decrecientes de los dibujos de las revistas y de los cuadernos de historietas hasta el punto de encuentro, aunque este punto estuviese fuera de la página. El hecho de que tal punto existiese era un concepto agradable para él, y quizá su primer atisbo de la fraudulencia de los adultos fue el descubrimiento de que, en muchos dibujos de apariencia deslumbradora, los artistas habían hecho trampa: no había ningún punto de encuentro exacto. "



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