Lisboa. Un melodrama (fragmento)Leopoldo Brizuela

Lisboa. Un melodrama (fragmento)

"Y pasaron uno, dos minutos como siglos, y el Cónsul empezó a sucumbir a una ansiedad tan fuerte que sintió que la voz de Esteban se aprestaba a insultarlo, burlándose de aquella estupidez de recordarle a Esteban... No, era imposible, el curita volvería. Y si tardaba un poco más, lo importante era que volviese. ¿Qué importaba ya si perdía el tren? (Y la verdad es que no tenía fuerzas, ya no, para abordarlo solo...) ¿No sería mejor quedarse en Lisboa con el muchacho, no sería una noche, en cierto modo, aún más segura...? El inmenso reloj que oía moverse sobre su cabeza dio las siete menos cuarto, y los guardias reclamaron, en un español que sólo podía estar dirigido a él, "pasajeros de la línea do Estoril, último aviso...", y entonces, sí, con esa aspaventosa solicitud de amante que, lejos de avergonzarlo, lo enorgullecía, como llevado en vuelo por los faldones de aquella capa alada, y con la sonrisa arrepentida de una tardanza inevitable, el curita salió del retrete de caballeros.
-¡Oh, por favor, discúlpeme, señor Eduardo! -murmuró mientras lo alzaba delicada pero urgentemente por un brazo y lo guiaba hacia el molinete mostrando un salvoconducto al guarda, que tan pronto lo vio los dejó pasar y dio un toque de silbato para el maquinista, allá a lo lejos, subiera a la locomotora y ciertos carabineros que haciendo pendular faroles púrpuras vigilaban las vías a lo oscuro fueran dejándolas libres: y ellos avanzaron muy juntos hacia el tren, el Cónsul sintiendo que casi se desvanecía de gratitud y amor, el curita hablándole de ese modo, sí, algo teatral (no quería cuidarlo solamente, sino también, aprovechando las luces del andén que aún los alumbraban, mostrar a cientos de pasajeros que lo cuidaba). "



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