La bella y la bestia (fragmento)Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve

La bella y la bestia (fragmento)

"Mientras tanto, el hada, de acuerdo con su promesa, había dedicado todos sus esfuerzos a mi educación. Desde el día en que me había llevado de regreso a mi reino, se había quedado junto a mí y no había cesado de darme muestras de su atención en todo lo concerniente a mi salud y mis placeres. Yo le demostré, con mi respeto, lo sensible que era a sus atenciones; tenía para con ella la misma consideración y la misma solicitud que hubiese tenido para con mi madre, y el agradecimiento me inspiraba en su favor sentimientos igualmente afectuosos. Durante cierto tiempo pareció satisfecha con ellos. Pero hizo un viaje que le llevó algunos años, por una razón secreta que no me comunicó, y a su regreso, llena de admiración por el resultado de sus cuidados, concibió por mí un cariño diferente del de una madre. Me había permitido que le diera ese nombre, pero a partir de ese momento me lo prohibió. Le obedecí sin averiguar las razones que podía tener para ello, y sin sospechar lo que exigía de mí.
Me daba cuenta muy bien de que no estaba contenta; pero ¿podía imaginar la razón de las quejas por mi ingratitud que me dirigía sin cesar? Me sentía tanto más sorprendido por sus reproches cuanto que no creía merecerlos. A éstos siempre les seguían o les precedían las más cariñosas atenciones. Yo tenía demasiado poca experiencia como para entenderlas. Fue necesario que se explicase: lo hizo un día en que le manifesté una pena mezclada de impaciencia por el retraso de la reina. Me hizo algunos reproches por eso, y como yo le aseguré que el cariño por mi madre no alteraba en nada el que le debía a ella, me respondió que no estaba para nada celosa de mi madre, a pesar de haber hecho mucho por mí y haber resuelto hacer más todavía. Pero agregó que, para dar libre curso a lo que se proponía hacer en mi favor, era necesario que me casase con ella, que no quería que la amara como a una madre sino como a una enamorada, que no dudaba que yo recibiría su propuesta con agradecimiento y sentiría una gran alegría al aceptarla; que de allí en adelante sólo se trataba de que me abandonase al placer que tenía que causarme la certeza de poseer un hada tan poderosa, que me protegería de todos los peligros y me procuraría una vida llena de encantos y colmada de gloria.
Me sentí confuso ante esa propuesta. Como había sido educado en mi propio país, conocía lo bastante el mundo como para haber observado que entre las personas casadas había algunas que eran felices debido a la conformidad de edad y temperamento, y otras muy dignas de lástima porque circunstancias diferentes habían puesto entre ellas una antipatía que podía llegar a constituir un suplicio.
El hada vieja, fea y de carácter altivo no me permitía esperar una vida que fuese tan agradable como ella me lo prometía.
Yo estaba muy lejos de sentir por ella lo que hay que sentir por una persona con la que se quiere pasar agradablemente la vida. Por otra parte, no quería comprometerme siendo tan joven. Mi única pasión era el deseo de volver a ver a la reina y destacarme a la cabeza de sus ejércitos. Suspiraba por mi libertad; era lo único que podía halagarme, lo único que el hada me negaba.
A menudo le había suplicado que me permitiese ir a compartir los peligros en que sabía que la reina se precipitaba para defender mis intereses, pero mis ruegos habían sido inútiles hasta aquel día. Urgido a que respondiese a la sorprendente declaración que me hacía, me sentí confuso y le hice recordar que, a menudo, me había dicho que no me estaba permitido disponer de mí mismo sin las órdenes de mi madre y durante su ausencia. «Es lo que yo pienso», repuso, «no querría obligarte a actuar de otro modo, me basta con que sigas la voluntad de la reina».
Ya te he dicho, bella princesa, que yo no había podido lograr que aquella hada me diese la libertad de ir a encontrarme con mi madre la reina. El deseo que ella sentía de alcanzar la satisfacción que esperaba obtener la obligó a concederme, sin que yo volviese a pedírselo, lo que siempre me había negado; pero puso una condición que no me resultó agradable: que ella me acompañaría. Hice todo lo posible para lograr que cambiase de idea, pero me fue imposible y partimos seguidos por una numerosa escolta.
Llegamos la víspera de una batalla decisiva. La reina lo había dispuesto todo tan bien que el día siguiente tenía que decidir la suerte del enemigo, al que ya no le quedaban más recursos en caso de perder la batalla. Mi presencia causó en el campamento un extremo placer y no hizo más que aumentar el coraje de las tropas, que vieron en mi llegada un augurio favorable para la victoria. La reina creyó que se moría de alegría. Pero después de ese primer arrebato, el placer que lo había causado dio paso a la más viva alarma. Mientras que yo me ilusionaba con la dulce esperanza de cubrirme de gloria, la reina temblaba a la vista del peligro al que iba a exponerme. Demasiado valiente ella misma como para querer apartarme de él, me rogó, en nombre de todo su cariño, que no me expusiera más de lo que el honor podía exigírmelo. Le suplicó al hada que no me abandonara en ese trance. Sus ruegos no eran necesarios: aquella inteligencia tan sensible tenía tantos temores como la reina, porque no conocía secreto alguno capaz de preservarme de los riesgos de la guerra. Por lo demás, hizo mucho inspirándome, en un instante, el arte de comandar un ejército y la prudencia adecuada a tarea tan grande. Los jefes más experimentados me admiraron. Una vez que me hice dueño del campo de batalla, la victoria fue completa; tuve la dicha de salvarle la vida a la reina e impedir que fuese hecha prisionera de guerra. Los enemigos sufrieron una persecución tan vigorosa que abandonaron el campamento, perdieron sus pertrechos y más de las tres cuartas partes de su ejército, en tanto que nosotros sólo tuvimos pérdidas muy poco importantes.
Una leve herida que recibí fue el único logro del que pudo jactarse el enemigo. Pero como ese suceso le hizo temer a la reina que, si la guerra continuaba, me ocurriesen males mayores, en contra de los deseos del ejército, que con mi presencia había visto redoblados los ánimos, hizo la paz ofreciendo condiciones más ventajosas de lo que los vencidos hubieran osado esperar.
Poco tiempo después volvimos a emprender el camino hacia la capital, en la que entramos triunfantes. Las ocupaciones de la guerra y la presencia continua de mi vieja enamorada me habían impedido prevenir a la reina de este último incidente. Su sorpresa no tuvo límites cuando aquella harpía le dijo, sin rodeos, que estaba resuelta a casarse conmigo de inmediato. Esa declaración se hizo en este mismo palacio, que no era tan soberbio como lo es hoy. Era la casa de recreo del difunto rey, y miles de ocupaciones le habían impedido que pensase en embellecerla. Mi madre, que sentía apego por todo lo que él había amado, lo había elegido preferentemente para descansar de las fatigas de la guerra. "



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