Lenguaje, poder e identidad (fragmento)Judith Butler

Lenguaje, poder e identidad (fragmento)

"Mi formulación es la siguiente: el Estado produce el lenguaje del odio, y con esto no quiero significar que el Estado sea responsable de las distintas ofensas, epítetos y formas de injuria que normalmente circulan entre la población. Quiero decir simplemente que la categoría no puede existir sin la ratificación del Estado, y este poder del lenguaje judicial del Estado de establecer y mantener el dominio de lo que podrá ser dicho públicamente sugiere que el Estado desempeña un papel que va más allá de una función limitadora en este tipo de decisiones; de hecho, el Estado produce activamente el dominio del discurso públicamente aceptable, estableciendo la línea entre los dominios de lo decible y lo inefable, y reteniendo el poder de estipular y sostener la consecuente línea de demarcación. El tipo de declaración inflamada y eficaz atribuida al discurso de odio en algunos contextos politizados, anteriormente discutidos, está en sí mismo modelado a partir del lenguaje de un Estado soberano, es entendido como un acto de habla soberano, un acto de habla con el poder de hacer lo que dice. Ese poder soberano es atribuido al discurso de odio cuando se dice que nos "priva" de derechos y libertades. El poder atribuido al discurso de odio es un poder de una absoluta y eficaz agencia, performatividad y transitividad a la vez eficaces y absolutas (hace lo que dice y hace lo que dice que hará a aquél a quien está destinado su discurso). Es precisamente a este poder del lenguaje legal aquello a lo que nos referimos cuando exhortamos al Estado a ejercer la regulación del lenguaje ofensivo. El problema, entonces, no es que la fuerza del performativo soberano esté mal, sino que cuando es utilizado por los ciudadanos está mal y, cuando el Estado la utiliza en estos contextos, está bien. "


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