Los nietos de Ícaro (fragmento)Francisco Camba

Los nietos de Ícaro (fragmento)

"La muchacha, hasta entonces de pie, fue a sentarse junto a Elkins, en el diván. El sol del atardecer, al hundirse tras el horizonte, enrojecía el cielo, prometiendo bonanza, doraba los quiciales, abrillantaba los frascos del tocador, hacía vivos los ojos de la piel de tigre a los pies de la cama...
Hablaba Elkins de sí y de su vida azarosa. Se había hecho marinero arrastrado por un afán de ver y acaso por un afán secreto y más terrible. Describía sus viajes, los parajes por donde anduviera; y la plática, caldeándose al sol de los trópicos, desvaneciéndose tras las brumas doradas de los desiertos y las nieblas del mar, tenía algo de irreal y de remoto: era como la narración de un cuento de hechizos, escuchada una tarde en Oriente, entre la humareda olorosa de los aduares.
Hubo un día, sin embargo, en que Elkins, habituado a todos os aspectos del mar, lo encontró tan sumiso como una llanura firme, en tierra sólidamente cimentada. Ya sin peligros y ya fácil, dejando de fascinarle, cesó de atraerle... Por aquel tiempo una invención del hombre, todavía sedienta de sangre, cobraba ávidamente su tributo. Le interesó un momento el automóvil, pareciéndole enseguida tan seguro y tan monótono como la antigua carreta de bueyes...
Fue entonces cuando comenzó a hablarse del aeroplano. Siempre había esperado él que los hombres lograsen volar; siempre le había atraído la excelsa poesía de esa aventura. Y la primera vez que pudo elevarse en los aires, experimentó la única sensación verdaderamente grande de su vida. No era, como hasta entonces, en el buque o en el automóvil, un ser todo pensamiento sobre un aparato inconsciente; la máquina y él fueron una misma cosa, una fuerza y una energía, obedientes a una sola voluntad y a un solo deseo... Y se sintió más hombre, más digno de ser hombre...
Había dicho eso en voz débil, como si quisiese dar a sus palabras la apariencia de una confesión. Las postreras luces del crepúsculo apenas esclarecían la estancia. Escuchábase el parlancheo confuso de las olas y el rítmico son de la hélice. Tras un silencio, Elkins sacó un cigarrillo, y cuando volvió a hablar, ya era tan sólo un sencillo hombre que ama y que tiene cerca de sí, bello y riente, el motivo precioso de su amor. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com