Paraíso a la deriva (fragmento)Facundo Cabral

Paraíso a la deriva (fragmento)

"La caprichosa mezcla de culturas como la griega, la sudamericana, la italiana, la negra, la judía y la irlandesa, excita a la imaginación y me arrastra por el alucinante río que es New York. En ningún lugar del mundo se puede encontrar tanta vida cultural; siento una bella, deportiva, libre relación de los norteamericanos con el arte, al contrario de Europa, donde la rigidez de la ortodoxia hace de los museos santuarios donde el respeto se confunde con el miedo, que enfría todo.
Me llamo Peter Woong y vivo aquí, donde solo amanece, donde no tenemos el privilegio del alba de vuestras llanuras, del cielo andaluz, de la Grecia que tanto amara el Henry Miller que huyó del Distrito Catorce de Brooklyn, del Manhattan que alimentó al ingenio de Woody Allen, a cambio de su fe, de su alegría.
Mis amigos, los científicos, dicen que no tengo razón, ¿y a quién puede importarle esa impostora a los sesenta y siete años? Conseguirla, solo depende de un par de explicaciones que ya no tengo ganas de dar a nadie; no pienso sumarme a la parasitaria fila donde el médico le explica al paciente, el paciente a su mujer, la mujer a sus parientes, los parientes al corredor de seguros, el corredor de seguros a sus clientes, los clientes del corredor de seguros al recaudador de impuestos, el recaudador de impuestos a Reagan, Reagan al Pentágono, el Pentágono a los generales del Uruguay que hacen todo lo posible por no perder lo que nunca ganaron.
Todo esto agotó a mi pobre alma que, naturalmente, sabía lo que quería, la pobre alma ahogada entre las superestructuras de razonamientos y explicaciones de las que mi espíritu escapó tantas veces, abandonando a mi cuerpo y mi mente en el supermarket donde hasta Whitman está clasificado, donde los posters del Che Guevara se venden tanto como los de Raquel Welch, donde hay comidas preparadas para solteros que quieren comer mientras ven televisión sin esfuerzo y sin ensuciarse, o en Park Avenue, donde es fácil ver a un negro de sombrero y tapado de visón teñido de rosa bajando de un Cadillac rosa tapizado con visón teñido de rosa, donde se puede ver cuatro o cinco Rolls Royce estacionados frente a Sutece, donde a la entrada del Greenwich Village hay dos calles destinadas a que se tiren los alcohólicos, donde en el subway matan a cualquiera los que están desesperados porque vienen de Vietnam o porque nunca salieron de New York.
Para poder sobrevivir en esta isla hay que tener alguna idea para los dibujos animados, para mejorar al páncreas, para sacarle más partido a las guitarras eléctricas, para vender automóviles a México, whisky a Portugal, bombas a Chile, artistas a Bélgica, envases de plástico a España, pornografía a Colombia, drogas a los ingleses o dinero a cualquiera que esté dispuesto a pertenecemos por la eternidad.
Si no se tiene una idea, es necesario un cuchillo, un revólver o una mente sumisa que se deje llevar por la Gran Computadora hacia la Gran Destrucción, que será el Gran Final.
Me cuesta levantarme; cada mañana es un suplicio. Siempre me quedan ganas de darle otra oportunidad al sueño para que me salve de esta vigilia insalubre en el infierno de aire acondicionado donde hasta el arte se convierte en un vicio. Desconecto la frazada eléctrica y pongo el pan en la tostadora eléctrica mientras me rasuro con la afeitadora eléctrica y pongo en orden los pocos pelos que me quedan con el cepillo eléctrico, en tanto el noticiero de la televisión me informa de la temperatura, la humedad y los valores en París, en La Paz, en Beirut y en el Manhattan que me espera afuera para ver si soy capaz de esquivar a los negros que se quieren vengar de los blancos, a los blancos que odian a los negros, a los chinos que nada tienen que ver con Lao Tsé y que nunca supieron de Confucio, a los griegos que avergonzarían a Diógenes, a los portorriqueños que no quieren que Puerto Rico sea estado asociado a Estados Unidos y se cobran esto viviendo del bono que se da a los desocupados, a los cubanos que aquí tienen la libertad del basurero, a los drogadictos, a los homosexuales, a los nazis que sólo en semejante hecatombe podían haber renacido, a los punks que odian a la vida, a los motociclistas que buscan a la muerte.
Si logro esquivar a ese ejército miserable, llego a la universidad donde trato de enseñar algo de ética a los hijos de los polacos que siguen soñando con Polonia, de los húngaros que siguen soñando con Hungría, de los armenios que sueñan con Armenia; de regreso a mi departamento, me detengo en la biblioteca de la calle Cuarenta y dos, siempre y cuando pueda superar la masa de enfermos que apestan la zona alrededor de las prostitutas que se apoyan en las cabinas telefónicas convertidas en urinarios, con tanta basura como en las ciudades asiáticas.
Ya en mi casa, me encierro con doble llave y triple seguro para que no me roben las comodidades que tanta miseria le cuestan a la mitad de la humanidad, el confort que me quema las manos porque mis compatriotas lo trajeron matando, mintiendo, transformándose en los usureros del planeta. "



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