Memorias o compendio de mi vida (fragmento)José Cadalso

Memorias o compendio de mi vida (fragmento)

"Desde este instante se me fue preparando la caída tan completa; porque aunque al punto pareció, y debió haberse estrechado más nuestra amistad, conocí que era el final de ella. Volvió Oquendo a las andadas, recatándose de su amo (a quien no llamaba su Amo, sino su General). Éste, que le tenía puestas espías, como a todos sus dependientes, no tardó en descubrir que Oquendo le faltaba a la palabra, y contra lo prometido, visitaba en la calle del Príncipe la famosa Margarita llamada de Aldecoa. Una noche, yendo a ver a Oquendo, le encontré hecho un mar de lágrimas, y viéndome me contó segunda caída, más irremediable que la otra, diciéndome: que ya se contaba por hombre perdido, y que así, si yo quería hacerle el último beneficio, y darle la última prueba de mi hombría de bien y amistad, que llevase una carta que me entregaba para la Margarita, para lo cual me daba también la llave de su casa y modo de abrir y subir hasta el cuarto de ella misma; que en nada podía premiar mi amistad si no en encargarme que la leyese la carta, pues ella no sabía leer. Tomé la carta y la llave y le dije: Amigo, voy a perderme también, como Vm. se ha perdido. Primero es mi amigo que mi fortuna. No perdamos tiempo: hasta mañana. Fuime y puesta en práctica la instrucción que me dio, llegué al mismo cuarto de la Margarita, que se desmayó al verme y sospechó algún infortunio con aquella visita intempestiva. Tuve por fin modo de serenarla, leer la carta y volverme a mi casa. Me siguieron dos hombres en distintas calles y, por las señas, muy parecidos a los espías del Conde, que yo conocía muy bien. Enfadándome demasiado la inmediación del uno, le di tres palos bárbaros con la espada de montar que yo llevaba, sin contar mis dos pistolas bien cargadas y cebadas, para en todo caso. Cayó al suelo sin habla o sin querer que se le conociera la voz y, al día después y aun algunos consecutivos, faltó por el barrio del Conde uno de sus espías.
Poco tiempo después noté en el Conde una seriedad, que aumentándose por días, no me dejó duda de mi desgracia, y cuando me confirmé bien en este concepto, se lo comuniqué a Oquendo, preguntándole a qué podría atribuirlo. Éste se hizo varias veces el desentendido, hasta que no pudiendo resistirse más, ni eludir mis instancias, me confesó que S.E. estaba irritado conmigo porque había sabido que había llevado la carta a Margarita. Entonces le dije: Amigo, Vm. no cumple si no me vuelve otra vez a poner en la gracia de S.E. Y él, desde luego manifestándome lo difícil que le sería, no dejó de enseñarme lo indiferente que le era. Echéle esto en cara, y viendo que no me daba la menor satisfacción, me separé algo de él. Pero antojándosele declamar una tragedia a influjo y adulación de Mr. Reinaud, me enganchó a que hiciese un papel en ella, insinuándomelo el mismo Conde. Acepté, creyendo que la cosa no se formalizaría, y mucho menos que se tratase representar la de la Muerte de César, por Voltaire, pues ésta no es más que un puro sistema de regicidio, y parecía imposible que se viese en casa de un Presidente de Castilla, promovido a aquella dignidad de resulta de un motín. Por las consecuencias que esto podría tener, porque yo sé que se iba aprovechando de mi separación un criado de la Condesa, y por la ingratitud de Oquendo, resolví dejarlo todo, como lo ejecuté con no sé qué frívolo motivo en un ensayo, y nótense las consecuencias de ello. "



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