Poncio Pilatos: el dilema del poder (fragmento)Roger Caillois

Poncio Pilatos: el dilema del poder (fragmento)

"Pilatos no se indignó, pues, gran cosa de haber urdido, aun en el caso de que no hubiera estado dormido del todo, tantos huecos silogismos para poder considerarse el cómplice secreto de su gloriosa víctima y casi la verdadera víctima de una decisión cósmica: él, funcionario leal, si no celoso, hombre justo, se veía obligado por los Dioses a una prevaricación para que se cumpliera un impenetrable Designio que ni siquiera le incumbía. Quedó como embriagado por destino tan extraordinario y, al igual que el energúmeno de la mañana, experimentó una felicidad indecible con la idea de que recaerían sobre él la vergüenza y la deshonra.
Recordó cómo había terminado su conversación con Marduk y cómo había afirmado que Sócrates y Lucrecio hubieran rechazado una religión que hubiese necesitado, para extenderse y triunfar, que un hombre se mostrase cobarde. El argumento, cierto, no había impresionado al caldeo. Pilatos advertía de pronto por qué razones.
Fue como si repentinamente se despertara de nuevo. La fantasmagoría teológica se derrumbó como una decoración de telas pintadas. Pilatos se acordaba en aquel momento del entusiasmo que le había impulsado antaño a la lectura de las tesis de Xenodoto, vulgarizadas por Cicerón en De finibus potentiae deorum. El mismo título le había encantado: Los límites del poder de los dioses… Según el filósofo, las divinidades, los astros, las leyes cósmicas, el mismo inexorable Destino, no podían obligar al Justo a un acto que la conciencia le prohibiera. Era preciso que asintiera. Los actos reprensibles son inevitablemente el resultado de la ceguera o de la pesadez. Por lo demás, las más de las veces, son hijos de la Avidez, que es ceguera y pesadez juntas. Cuando el alma se inclina al mal, lo hace por propio impulso; es su propio peso lo que inclina la balanza. Ni Zeus, vanamente deseoso de salvar a Sarpedón de la muerte, ni la Suerte, anónima e implacable, tienen poder para forzar a un alma a ser débil o criminal. El poder de los dioses termina donde comienza la ambición de la virtud. Con independencia de lo que esté en juego, aunque se trate de la salvación del universo, el alma humana sólo comete el mal consintiendo. Es dueña de sí misma. Ninguna omnipotencia prevalece frente a tan exorbitante privilegio.
Pilatos pensó con complacencia que, aun en el supuesto de que el Dios de los judíos, o cualquier dios que fuese, hubiera contado con la debilidad culpable del procurador de Judea, éste siempre podía mostrarse valiente.
Era, desde luego, un pensamiento que halagaba más que reconfortaba. Deseaba ardorosamente que todo fuera ya irremediable. Envidiaba al conquistador español previsto por Marduk, al hombre que voluntariamente había quemado los barcos que le aseguraban la retirada. Le hubiera gustado estar en la obra vertiente de la elección, poder decir «Todo se ha cumplido» y ya sólo tener que luchar contra las dificultades exteriores: el motín, la perfidia de Caifás, los reproches de Roma. Sufría al verse todavía en condiciones de tomar o no tomar la decisión fatal. Creía haber advertido claramente dónde estaba su deber, pero temía cada vez más la terrible hipoteca constituida por sus evasiones anteriores. En su impaciencia, se sentía como fascinado por la victoria que tenía que conseguir sobre su naturaleza. Es así como a veces nos precipitamos sobre el obstáculo que en nuestro fuero interno seguimos deseosos de evitar. Tal vez Pilatos se había atormentado tanto que su debilidad actuaba en adelante en sentido inverso. Sus angustias no habían sido vanas. Atraído, aspirado, deslumbrado por la solución valiente, era como si cayera en lugar de elevarse. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com