La necesidad de reformar la iglesia (fragmento)Juan Calvino

La necesidad de reformar la iglesia (fragmento)

"Aquí, sin embargo, no es mi intención discutir este tema en una manera completa. Sólo creí apropiado indicar de paso, que la Iglesia primitiva y más pura no nos es tan contraria en esta materia como nuestros enemigos pretenden. Pero concedamos que así lo es, ¿por qué nos acusan ellos tan ferozmente como si confundiésemos cosas sagradas y profanas, o como si no pudiésemos responderles fácilmente que concordamos mucho mejor con la Iglesia antigua que ellos? El matrimonio, que los antiguos negaban a los sacerdotes, ¡nosotros lo permitimos! ¿Qué dicen ellos del libertinaje que se ha esparcido por todas partes entre ellos? Ellos negarán aprobarlo. Pero si tuviesen tanto deseo en obedecer los cánones antiguos, les sería necesario castigarlo con mayor severidad. El castigo que el Concilio de Neo-Cesárea infligía a un presbítero que contraía matrimonio era ser degradado del oficio, mientras que a un culpable de adulterio o fornicación lo castigaba con mucho más severidad añadiendo a la degradación la excomunión también. En el día presente, el matrimonio de un sacerdote es juzgado un delito de pena capital, mientras que por sus cien de actos de impureza e inmoralidad él es multado con una pequeña suma de dinero. Indudablemente, si aquéllos que primero aprobaron la ley del celibato estuvieran vivos ahora, instruidos por la experiencia presente, ellos serían los primeros en revocarla. Sin embargo, como ya he dicho, sería el colmo de la injusticia ser condenados por la autoridad de hombres en una materia en la cual somos abiertamente absueltos por la voz de Dios.
En cuanto a la confesión auricular, tenemos una defensa más breve y más presta. Nuestros adversarios no pueden demostrar que la necesidad de confesión fue impuesta antes del papa Inocente III. Durante mil doscientos años, esta tiranía (por la cual ellos nos combaten tan agudamente) era desconocida por el mundo cristiano. ¡Pero hay un decreto del Concilio de Letrán! ¡Es cierto! Pero de la misma descripción hay muchos otros. Aquéllos que tienen algún conocimiento tolerable de la historia son conscientes de la misma ignorancia y ferocidad de aquellos tiempos. Esto, ciertamente, está de acuerdo con la observación común: que los gobernadores más ignorantes son siempre los más tiranos. Pero todas las almas piadosas me atestiguarán en qué laberinto se hallan enredados aquéllos que se consideran atados a aquella ley.
A esta tortura cruel de conciencias se ha añadido la blasfema presunción de hacerla necesaria para obtener remisión de pecados. Pues suponen que nadie obtiene el perdón de Dios sino aquéllos que están dispuestos a confesarse. ¿Qué es esto, pregunto, sino que hombres prescriben con su propia mano el modo en el cual un pecador es reconciliado con Dios, y entre tanto que Dios ofrece el perdón abiertamente, ellos lo retienen hasta que se haya cumplido una condición que ellos han añadido? Por otra parte, la gente se hallaba poseída con esta superstición perniciosísima: es decir, que tan pronto como se habían desahogado de sus pecados, al echarlos al oído de un sacerdote, se sentían completamente libres de la culpa. "



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