La noche (fragmento)Dino Campana

La noche (fragmento)

"Recuerdo una vieja ciudad, de murallas rojas y con forma de torres, alzada sobre la llanura exterminada en el agosto tórrido, con el lejano refrigerio de colinas verdes y muelles sobre el fondo. Arcos enormemente vacíos de puentes sobre el río palidecido en magros estancamientos plúmbeos: siluetas negras de zíngaros móviles y silenciosos sobre la ribera: entre el deslumbramiento lejano de un cañaveral lejanas formas desnudas de adolescentes y el perfil y la barba judaica de un viejo: y en un trazo en el medio del agua muerta la zíngara y un canto, del pantano áfono una nenia primordial monótona e irritante: y del tiempo fue suspendido el curso.
Inconscientemente levanto los ojos hacia la torre bárbara que dominaba la avenida larguísima de los plátanos. Sobre el silencio hecho intenso ella revivía su mito lejano y salvaje: mientras que por visiones lejanas, por sensaciones oscuras y violentas otro mito, también él místico y salvaje me recorría por los trazos de la mente. Allí abajo había trazado los largos vestidos blandamente hacia el esplendor vago de la puerta las mujeres de la calle, las antiguas: la campiña entorpecía entonces en la red de los canales: muchachas de atavíos ágiles, de perfiles de medalla, desaparecían en los trazos sobre los carretones detrás de los giros verdes. Un toque de campana argentino y dulce de lontananza: la Tarde: en la iglesieta solitaria, a la sombra de la modesta nave, yo la estreché a ella, en las carnes rosadas y en los encendidos ojos fugitivos: años tras años tras años basados en la dulzura triunfal del recuerdo.
Inconscientemente aquél que yo había sido se encontraba encaminado hacia la torre bárbara, la mítica custodia de los sueños de la adolescencia. Salía al silencio de la callejuela antiquísima largo el muro de las iglesias y de los conventos: no se oía el rumor de sus pasos. Una plazuela desierta, casuchas aplastadas, ventanas mudas: al lado en un relampagueo enorme la torre, óctuple cúspide roja impenetrable árida. Una fuente del mil quinientos callaba seca, las lápidas rotas en el medio de su comentario latino. Se desarrollaba una calle empedrada y desierta hacia la ciudad. "



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