Paisaje pintado con té (fragmento)Milorad Pavic

Paisaje pintado con té (fragmento)

"Y de este modo supieron que el capitán Milut estaba sano y salvo. En efecto, él volvió un día de un campo de prisioneros alemán con un par de orejas bien gordas en su flaca cabeza. En el lugar de madame Yolanta Ibich, encontró en su casa a una anciana que por la mañana tomaba té con pimienta para despertarse y se quejaba de que la mitad de su alma había muerto, y en la habitación de Vitacha sorprendió a un niño del vecindario de unos ocho años tumbado sobre la muchacha desnuda, quien le susurraba al oído: —Adoro a los niños, me gusta que los chiquillos me hagan hijos...
El capitán Milut, aturdido por esta escena, andaba completamente desconcertado por aquella casa donde hasta las sillas maullaban y mordían como gatos, donde su sangre y su carne de artillero se convertían en carne y sangre de virgen. Asustado, estorbaba tanto a la señora Yolanta, quien dejaba tras de sí por todas partes los asientos calientes y paseaba sus cejas, que le llegaban hasta el pelo, como si estuviera asombrada, como a sus hijas, que por las toallas y almohadas sembraban huellas de sus párpados verdes, negras cejas, restos de rojas sonrisas nocturnas y mordiscos destinados a los fantasmas de los sueños por los que después se les enredaba en látigos la orina. El capitán Milut paseaba por las habitaciones sus ojos como piedras, y le sobrecogía el temor de los vómitos secretos de sus dos hijas, que con esta antigua costumbre conservaban la cintura. Apenas soportaba el olor de las cremas depilatorias que se extendía por todo el piso, e incluso por el huevo de plata que hablaba. Limpiaban los peines con los cepillos de dientes o clavaban las horquillas en el tubo de vaselina. Una mañana, el capitán oyó cómo en su cuarto de baño un hombre carraspeaba en tono de bajo, esforzándose como si quisiera sacarse de la boca una bota. Forzó la puerta a la manera militar, (primero la pierna, luego el brazo) y encontró a Vitacha haciendo gárgaras.
Sin saber qué hacer, envió a la mayor, Vida, a Viena a casa de sus parientes Pfister, y, desesperado, comenzó a plantar rosas en el jardín. Lo que, curiosamente, se le daba muy bien. Tenía los «dedos verdes», como se dice popularmente, y sabía que las plantas se enlazan con las plantas. Pero no sabía lo más importante. No sabía que tras aquellas locuras, tras aquellos muchachitos y sillas que maullaban, había una desgracia familiar que le ocultaban.
Esta desgracia había sucedido mientras él estaba prisionero, y fue como sigue.
Una mañana Vitacha miró al cielo recién cocido, oscuro como una noche de verano, tiró todas sus peinetas de plata, marfil, cristal y jade a la tina donde se bañaba y se metió en el agua cantando. Aún era más niña que mujer, pero este paso al agua fue decisivo para toda su vida. En ese momento estaba entonando una canción que olvidó enseguida y tuvo que esperar años para volver a recordarla. Se llamaba «El último miércoles azul». Y cuando la recordó fue para desgracia suya. Pero ya entonces, mientras cantaba en la tina, todos se quedaron estupefactos. Era la primera vez que la oían cantar. Y estaba claro que Vitacha tenía un oído perfecto, aunque por lo general solía estar muda. La señora Yolanta Isailovich le regaló entonces aquel huevo de plata en el que se oía la flauta de Amalia Riznich, le enseñó a predecir en la aljofaina y la envió a que le educaran la voz. Todos en la familia esperaban el día en el que ella se hiciera mujer y su voz demostrara si era capaz de llevar la carga de su oído perfecto. "



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