Antígona (fragmento)Jean Anouilh

Antígona (fragmento)

"Antígona.- Yo era una mujer...
Creón.- Tú veías llorar a tu madre, a tu padre colérico, oías golpear la puerta cuando volvían y sus risas en los corredores. Y pasaban delante de ti, tambaleantes, oliendo a vino.
Antígona.- Una vez me escondí detrás de una puerta; era por la mañana, acabábamos de levantarnos y ellos volvían. ¡Polinice me vio, estaba muy pálido, con los ojos brillantes y tan hermoso con su traje de gala! Me dijo: "Vaya, ¿estás ahí?" Y me dio una gran flor de papel que había traído de la fiesta.
Creón.- Y tú conservaste esa flor, ¿verdad?
Antígona (se estremece.) ¿Quién se lo dijo?
Creón.- ¡Pobre Antígona, con tu flor de cotillón! ¿Sabes quién era tu hermano?
Antígona.- ¡Sabía que usted iba a hablarme mal de él, en todo caso!
Creón.- Un pobre juerguista imbécil, un carnicero duro y sin alma, un brutito que sólo servía para andar a más velocidad que los otros con sus coches, para gastar más dinero en los bares. Una vez, yo estaba presente, tu padre acababa de negarle una fuerte suma que había perdido en el juego; se puso muy pálido y le levantó la mano gritando una palabra infame.
Antígona.- ¡Eso no es cierto!
Creón.- ¡Su puño de bruto voló a la cara de tu padre! Era lastimoso. Tu padre estaba sentado a su mesa, con la cabeza en las manos. Sangraba por la nariz. Lloraba. Y en un rincón del escritorio, Polinice, bromeando, encendía un cigarrillo.
Antígona.- (Ahora casi suplicante.) ¡Eso no es cierto!
Creón.- Acuérdate, tú tenías doce años. No lo visteis durante mucho tiempo. ¿Es cierto eso?
Antígona.- (sordamente.) Sí, es cierto.
Creón.- Fue después de aquella disputa. Tu padre no quiso denunciarlo. Polinice se alistó en el ejército argivo. Y desde que estuvo con los argivos, empezó contra tu padre la caza del hombre, contra aquel viejo que no se decidía a morir, a soltar el reino. Los atentados se sucedían, y los matones que pescábamos, siempre acababan por confesar que habían recibido dinero de él. No sólo de él, por lo demás. Porque eso es lo que yo quiero que sepas, los entretelones de este drama en el que ardes por desempeñar un papel, la cocina. Ayer hice grandiosos funerales a Eteocles. Eteocles es ahora un héroe y un santo para Tebas. Todo el pueblo estaba presente. Los niños de las escuelas dieron todos los centavos de sus alcancías para la corona; los ancianos, falsamente conmovidos, magnificaron con trémolos en la voz al buen hermano, al hijo fiel de Edipo, al príncipe leal. Yo también pronuncié un discurso. Y todos los sacerdotes de Tebas en pleno, con la cara de circunstancias. Y los honores militares... Era preciso. Como te imaginarás, no podía darme el lujo de tener un crápula en los dos bandos. Pero voy a decirte algo, que sólo yo sé, algo horrible: Eteocles, ese premio a la virtud, no valía más que Polinice. El buen hijo también había intentado hacer asesinar a su padre, el príncipe leal había decidido también vender a Tebas al mejor postor. Sí, ¿te parece gracioso? Ahora tengo la prueba de que la traición por la cual el cuerpo de Polinice se está pudriendo al sol, Eteocles, que duerme en su tumba de mármol se preparaba también a cometerla. Es una casualidad que Polinice haya dado el golpe antes que él. Teníamos que habérnoslas con dos ladrones de feria que se engañaban el uno al otro mientras nos fumaban a nosotros y que se degollaron como dos pillos que eran, por una cuestión de cuentas... Pero he tenido que convertir en héroe a uno de ellos. Entonces mandé buscar sus cadáveres entre los otros. Los encontraron abrazados, por primera vez en su vida, sin duda. Se habían ensartado mutuamente y después la carga de la caballería argiva les pasó por encima. Estaban hechos papilla. Antígona, irreconocibles. Hice recoger uno de los cuerpos, al menos estropeado de los dos, para los funerales nacionales, y di orden de que se dejara pudrir el otro donde estaba. Ni siquiera sé cuál. Y te aseguro que me da lo mismo. (Hay un largo silencio; no se mueven, están sin mirarse; después Antígona dice despacito:)
Antígona.- ¿Por qué me contó esto? (Creón se levanta, se pone la chaqueta.)
Creón.- ¿Era preferible dejarte morir por esa pobre historia?
Antígona.- Tal vez. Yo lo creía. (Hay otro silencio. Creón se le acerca.)
Creón.- ¿Qué vas a hacer, ahora?
Antígona.- (se levanta como una sonámbula.) Voy a subir a mi cuarto.
Creón.- No te quedes mucho tiempo sola. Vete a ver a Hemón esta mañana. Cásate rápido.
Antígona (en un soplo.) Sí.
Creón.- Tienes toda la vida por delante. Nuestra discusión era ociosa, te lo aseguro. Tienes ese tesoro todavía. "



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