Mi baile con el siglo. Memorias (fragmento)Stephane Hessel

Mi baile con el siglo. Memorias (fragmento)

"En Boké me encontré con un antiguo miembro del gabinete de Mendès France, Marchandise, que dirigía una planta considerable en la que la bauxita, excepcionalmente abundante y pura, se transformaba en aluminio. La empresa Pechiney había negociado el mantenimiento de la misma sin intervención alguna del gobierno francés, y se guardaba de solicitarla. La fábrica era impresionante, ultramoderna, y las «barracas» de aluminio destinadas a los cuadros centelleaban bajo el sol. Marchandise me aseguró que aislaban a sus habitantes del calor. Era muy consciente de la precariedad de la empresa. Sékou Touré conocía la incompetencia de los cuadros guineanos. Había que aprovecharlo.
Igual en Kindia. El Instituto Pasteur criaba allí serpientes de precioso veneno: unos reptiles temibles, sobre todo los más delgados y más verdes. Al verlas serpentear en los grandes terrarios, uno sabía que su mordedura sería implacable. Los investigadores no se quejaban demasiado. ¿Precisar su estatuto? Sin duda, pero si se preservaba tanto como fuera posible su libertad de trabajo. Hasta el momento, las cosas funcionaban.
Mi entrevista con el hermano ministro no me dejó duda alguna acerca de la mentalidad del gobierno guineano: no firmarían nada con Francia.
Unos meses más tarde, acompañé a André Boulloche a Dakar, a la inauguración de la universidad de la que era rector Lucien Paye y «protector» Léopold Sédar Senghor. A esa ceremonia calcada de los ritos franceses —Senghor deseaba una universidad plenamente francesa con títulos equivalentes a los de la metrópolis— asistían más franceses que africanos. Enseguida me di cuenta de la ambigüedad de esa universidad de Dakar. Los estudiantes que en ella se formarían se convertirían inevitablemente en una élite aislada de la masa, y se sentirían atraídos por cualquier cosa excepto por la gestión de los verdaderos problemas de su país. La lectura de la hermosa novela de Hamidou Kane, cuyo título, La aventura ambigua, remite al gran texto de Michel Leiris, El África fantasmal, me abrió los ojos a lo que debería ser la cooperación: una mayéutica que permitiera a África definir democráticamente su camino y no aceptar de sus socios del Norte más que aquello que no la apartara de él.
Mi opinión respecto de esa concepción que se trataba de imponer por lo menos a la vez a la administración francesa y a los ministros africanos de Educación era compartida por mi amigo de Saigón Jean-Pierre Dannaud, a la sazón director en el Ministerio de Cooperación. Juntos recorrimos el continente africano entre 1959 y 1964, años de juventud de los Estados que habían alcanzado la independencia. Juntos predicábamos que se cortara el cordón umbilical. Era más fácil decirlo que hacerlo. Nos recuerdo en la oficina ya climatizada de uno de esos ministros, formados en su mayoría en la Escuela Normal William Ponty, en Senegal, y que espontáneamente tendían a perennizar —qué profesor no tiende a ello— el sistema del que habían surgido. El ministro estaba impresionado por la visita de aquellos dos «normalistas», ante los que deseaba hacer gala de su cultura clásica. "



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