Memoria de elefante (fragmento)António Lobo Antunes

Memoria de elefante (fragmento)

"Los arcos de piedra por encima del jardín poseían la curva exacta de cejas asombradas por encontrarse allí, junto a la confusión de hormiguero anárquico del Rato, y el psiquiatra tuvo la sensación de que era como si un rostro de muchos siglos estuviese examinando, sorprendido y grave, los columpios y el tobogán que había entre los árboles y que nunca había visto utilizar por ningún niño, abandonados como los tiovivos de una feria difunta: no sabía explicar la razón, pero el Jardim das Amoreiras se le antojaba siempre algo solitario y sumamente melancólico, incluso en verano, y ello desde los años remotos en que iba allí una hora por semana a recibir lecciones de dibujo de un individuo gordo que vivía en un segundo piso repleto de aviones de plástico en miniatura: las inquietudes de mi madre, reflexionó el médico, las eternas inquietudes de mi madre respecto a mí, su permanente temor a verme un día recogiendo trapos y botellas en los cubos de basura, con un saco a cuestas, transformado en advenedizo de la miseria. Su madre creía poco en él como individuo maduro y responsable: tomaba todo lo que él hacía como una especie de juego, y aun en la relativa estabilidad profesional de su hijo sospechaba la engañadora tranquilidad que precede a los cataclismos. Solía contar que había acompañado al médico con ocasión del examen de ingreso en el instituto Camóes, y que, al mirar por la ventana de la sala, había visto a todos los chicos inclinados ante la prueba, concentrados y atentos, a excepción del psiquiatra, que, con el mentón hacia arriba, completamente ajeno, estudiaba distraído la lámpara del techo.
«Y por ese ejemplo me di cuenta enseguida de cómo iba a ser su vida», concluía la madre con la sonrisa triunfalmente modesta de los Bandarras con puntería.
Para quedarse en paz con su conciencia, no obstante, se esforzaba en combatir lo ineluctable solicitando todos los años al director del curso que colocase a su hijo en un pupitre de la primera fila, «incluso frente al profesor», para que el médico bebiese a la fuerza los efluvios de la descomposición de los polinomios, la clasificación de los insectos y otras nociones de utilidad indiscutible, en lugar de los versos que escribía a escondidas en los cuadernos de los resúmenes. La carrera del psiquiatra, sembrada de peripecias, había adquirido para ella las proporciones de una guerra tormentosa, en que las promesas a Nuestra Señora de Fátima alternaban con los castigos, los suspiros de dolor, las profecías trágicas y las quejas a las tías, testigos desolados de tanta infelicidad, que se consideraban siempre personalmente afectadas por el más insignificante seísmo familiar. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com