La Krakatika (fragmento)Karel Capek

La Krakatika (fragmento)

"El primero que se recuperó fue mon oncle Charles; dio un paso titubeante a la derecha y otro a la izquierda, pero después se precipitó hacia la princesa.
Minka, pero Minka susurró apresuradamente, e hizo que se sentara, sofocada y casi desmayada, en un sillón. Se arrodilló ante ella y, haciendo uso de todas sus fuerzas, le abrió los puños, cerrados como en una convulsión; tenía las palmas de las manos llenas de sangre, por cómo se había clavado las uñas en la carne. Quítenle esa botella de la mano ordenó inmediatamente le bon prince, y apalancó, uno detrás de otro, los dedos de la princesa.
El príncipe Suwalski se repuso. «¡Bravo!», voceó, y comenzó a dar sonoros aplausos. Von Graun ya había agarrado la mano derecha de Prokop, que hasta ese momento trituraba los crujientes pedazos de cristal, y casi tuvo que arrancarle los dedos agarrotados. «¡Agua!», gritó; el obeso cousin buscó algo, desconcertado; echó mano de un tapete que humedeció con agua y se lo puso a Prokop en la cabeza.
Ahahah dejó escapar Prokop con alivio. La convulsión iba cediendo, pero en su cabeza todavía se arremolinaba un torbellino de sangre propio de una apoplejía, y las piernas le temblaban tanto por la debilidad, que sólo alcanzó a deslizarse sobre una silla.
Oncle Charles masajeó sobre sus rodillas los dedos encorvados, sudorosos y trémulos de la princesa.
Éste es un juego peligroso rezongó, mientras la princesa, totalmente agotada, jadeaba con dificultad. En sus labios, sin embargo, temblaba una sonrisa embelesada, delirantemente victoriosa.
Usted lo ha ayudado exclamó el grueso cousin, eso es lo que ha ocurrido.
La princesa se levantó, arrastrando a duras penas las piernas.
Los caballeros sabrán disculparme dijo débilmente. Miró a Prokop con ojos pletóricos y resplandecientes hasta que, aterrada porque alguien pudiera darse cuenta, se marchó apoyada en su tío Rohn.
Y bien, después hubo que celebrar de algún modo el éxito de Prokop; al fin y al cabo eran jóvenes bienintencionados a los que les encantaba fanfarronear de sus heroicidades. Prokop había subido varios niveles en su escalafón particular por el hecho de haber reventado una botella y ser capaz después de beber una cantidad increíble de vino y licor sin caer redondo bajo la mesa. A las tres de la madrugada el príncipe Suwalski lo besó, festivo, y el cousin obeso, casi con lágrimas en los ojos, comenzó a tutearlo; después empezaron a saltar por encima de las sillas y a armar un jaleo horroroso. Prokop sonreía y tenía la cabeza como en las nubes; pero cuando intentaron llevarlo a visitar a cierta chica balttiniana, se desembarazó de ellos y proclamó que eran unos borrachuzos y que él se iba a dormir.
No obstante, en vez de hacer lo que era más sensato, se encaminó hacia el umbrío parque y durante largo rato, infinitamente largo, observó la oscura fachada principal del palacio buscando cierta ventana. El señor Holz daba cabezadas quince pasos más allá, apoyado en un árbol.
Al día siguiente llovió. Prokop corría por el parque, enfurecido porque ese día seguramente no vería a la princesa. No obstante, ella salió corriendo bajo la lluvia, con la cabeza descubierta, y se apresuró hacia él.
Sólo cinco minutos, sólo cinco minutos susurró jadeante, y ofreció sus labios para que la besara. Pero fue entonces cuando avistó al señor Holz. ¿Quién es ese hombre? Prokop echó un rápido vistazo.
¿Quién? Ya estaba tan acostumbrado a su sombra personal, que ni siquiera se percataba de su continua proximidad. Es... mi vigilante, ¿sabe?
La princesa no tuvo más que dirigir a Holz sus autoritarios ojos; Holz se guardó inmediatamente la pipa y se largó un trecho más allá. "



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