Quién soy yo (fragmento)Bohumil Hrabal

Quién soy yo (fragmento)

"El contacto con Bokumil Hrabal, sea cual sea, siempre es problemático: te antepone un interrogante, crea malentendidos y dilemas tanto más molestos justamente porque los suscita sin proponérselo y sin darse cuenta de ello. En realidad, él no quiere causar dificultades ni crear problemas, todo lo contrario: pocos autores se presentan ante el lector con tanta franqueza, tanta naturalidad y tanta simplicidad como Hrabal. Václav Cerny, Un pierrot embrutecido.
Vivo en un pueblo en medio del bosque, que tiene las calles numeradas, números pares a la derecha, impares a la izquierda, números grabados en unas placas de madera, clavados en los árboles o en las cercas de los jardines. El año pasado el ayuntamiento decidió cambiar las placas. Se fabricaron placas nuevas con los números, dos funcionarios las clavaron; al acabar se dieron cuenta de que habían olvidado la primera calle, de modo que todas las calles ahora tienen números distintos a los de antes. El trabajo que tienen los carboneros para saber dónde vive el que les encargó el carbón... Pero el libro que quiero escribir es sobre otra clase de números, sobre las personas que son un numero, como por ejemplo el músico Sroubek, el maestro Sroubek, que sabía tocar exquisitamente incluso las páginas más difíciles, y ese maestro Sroubek era un número en lo referente a comer y beber; sus antiguos alumnos recuerdan que los había mandado a la Gran Charcutería, un edificio de tres plantas, a hacer la compra para una fiesta; en la lista figuraban seis botellas de vino de importación, del mejor beaujolais, anchoas españolas, no yugoslavas, treinta croissants de mantequilla, caviar... y de golpe y porrazo los alumnos del maestro Sroubek, felices de ser los invitados de un gran maestro, oyeron por los altavoces del almacén: ¡Atención! Se comunica a los alumnos del maestro Sroubek que no olviden comprar cinco sobres de salmón. ¡Atención! ¡Cinco sobres de salmón ahumado! De modo que compraron el salmón y luego devolvieron al maestro Sroubek el pequeño puñado de monedas que les sobró del cambio del billete de mil: el maestro Sroubek se las dio al encargado de la sala de conciertos que le había dejado las mil coronas... Sí, el maestro Sroubek era un número. Ay, el maestro Sroubek que curaba a las enfermas de hipo crónico poniendo las manos de ellas sobre su sexo enorme, para que quedaran curadas de espanto y de hipo para siempre... Pues de todo esto quiero hacer un libro, sobre los Números...
He cenado un par de panecillos, mientras mis gatos devoraban un cuarto de pollo. Así ha de ser, pronto cumpliré setenta años. He ido al bosque, cortaban árboles. Con los árboles caían también los nidos de los pájaros. ¡Ayayay! Ayer me dijo el doctor Osten que una de sus pacientes se había arrancado accidentalmente un ojo con un destornillador cuando pretendía abrir una botella de Coca-cola y, tres meses después del accidente una enfermera le dijo, Chica, ¿no te han dicho que este ojo ya lo puedes dar por perdido?, y el paciente de la cama vecina lo acabó de rematar: Ojalá sólo fuera uno, pero en estos casos en general se pierden los dos... Un tal Husník de mi antigua pandilla, que era sastre, durante la guerra cosía uniformes para el ejército alemán, y para ponerse aún más medallas, en el cuarenta y ocho se hizo comunista y participó en la liquidación de los terratenientes: les gritaba y, si salían de la fila, les arreaba patadas en el culo. Pues bien, un día encontramos a Husník por la calle, su mujer le conducía de la mano y nosotros le dijimos, anda, Husník, ¿qué te pasa, a ti que tratabas a patadas a los terratenientes antes que les deportaran a las chabolas de alta montaña cerca de la frontera? Y Husník, que nos conoció por la voz, dijo... Chicos, ahora que me he vuelto ciego lo veo claro, sólo ahora veo las porquerías que hice, a qué me presté, ahora lo sé, chicos, cuando ya es demasiado tarde...
He cenado dos panecillos, en cambio los gatos devoraron un gran pedazo de pollo... esta clase de comilonas ya no son para mí, me amenazan los setenta y los gatos aún no han cumplido su primer añito... El profesor Stork dijo que en una revista americana de medicina había leído que un hombre de setenta y siete años, ciego de nacimiento, recuperó la vista después de que lo fulminara un rayo... San Pablo, que antes había sido Saúl el ciego. Mi mujer empezará ahora a criticar el régimen. Y no va a dormir si no le doy un masaje en el dedo gordo.
En este país el viento sopla todo el año, y trae consigo un chubasco de estrés y de angustia, dejando un barro de banalidad. Sólo al haberme vuelto ciego lo veo claro. "



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