El matrimonio: diálogo íntimo (fragmento)Alfredo Cazabán Laguna

El matrimonio: diálogo íntimo (fragmento)

"Pepe.- (Entrando violentamente.) Mira Luisa, esto es intolerable. No puedo con esa gente. Mañana mismo pones a esa pareja de imbéciles en la puerta de la calle.
Luisa.- ¿Qué ha sucedido?
Pepe.- Una friolera. Esta tarde, al regresar a casa, les dije: "Avisarme a las ocho, que me he de vestir para ir al café a las nueve." ¿Qué dirás que han hecho? Lo de siempre. Equivocarse y avisarme a las siete para salir a las ocho. Son las ocho y cinco.
Luisa.- ¿y por qué, teniendo tan flaca memoria, no se lo avisaste a tu mujercita? La exactitud no se ha hecho para los criados.
Pepe.- Ni tú te has hecho para tener energía con la servidumbre. Eres cera virgen que a todo se amolda.
Luisa.- Mejor dirás panal de miel que todo lo endulza.
Pepe.- Una hora perdida por culpa de esos ignorantes. Una hora sin camisa floja, con cuello molesto, con traje exacto, amanerados los movimientos y ridícula la elegancia en el gabinete de mi casa, ante el numeroso auditorio de mi mujer y mi hijo... En eso llevas razón. No es igual estar en la casa que estar en la calle. Allá, en la calle, donde el mundo es libre, la fórmula social es tirana y cruel. Aquí, en la casa, donde la vida es prisionera, la libertad individual tiene todas las expansiones de la comodidad y de la franqueza. Te repito que en eso tienes razón. Las mujeres poseéis un gran instinto; mas, decís las cosas de un modo... que hay casi siempre que llevaros la contraria, vamos.
Luisa.- ¿Y por qué, Pepe de mi vida?
Pepe.- Por herencia de costumbre. Por dinastía de la autoridad. Porque el ser masculino debe ser así. Porque despreciamos, altivos, lo que la mujer nos ofrece y solicitamos, sumisos, lo que la mujer nos niega... ¡porque somos hombres! (Pausa.)
Luisa.- ¿No te vas?
Pepe.- Me quedo. Falta media hora para las nueve. Voy a besar al niño otra vez.
Luisa.- Ahora, no, no. Está muy nervioso y vas a despertarlo. Ha pasado el pobrecito mío un día muy malo. Déjale, déjale descansar. (Pepe se acerca al niño y lo contempla.)
Pepe.- ¡Qué hermoso! ¡Parece de nieve! ¿Qué soñará?
Luisa.- Si fuera hombre, soñaría en ir al café. Mi niño, cuando sea hombrecillo, irá al café con su padre. ¡No faltaba más!
Pepe.- ¿Le doy el beso?
Luisa.- Vaya, que no. Puede despertar y luego es difícil dormirlo. Y si él no duerme, yo no rezo.
Pepe.- Dices bien. Los criados son insufribles. Y este cuello...
Luisa.- También insufrible, hijo. Quítatelo. Yo te lo colocaré después.
Pepe.- (Va al espejo.) Me lo quito.
Luisa.- ¿Qué miras?
Pepe.- Miro al espejo.
Luisa.- ¡Ah! Yo creía que mirabas mi retrato que está cerca de él...
Pepe.- ¡Buena moza! Algo delgadilla estabas, pero... guapísima... guapísima...!
Luisa.- Es favor.
Pepe.- Es justicia. Nada más que justicia.
Luisa.- ¿A que no te acuerdas de la primera carta que me escribiste, pidiéndome relaciones?
Pepe.- Es claro que no. ¿Quién recuerda eso? Debió ser una carta insípida, insustancial, tonta... vamos, una chiquillada.
Luisa.- Nada de eso. Fue un documento en toda regla. Serio, grave, discreto. "



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