Sorgo Rojo (fragmento) Mo Yan

Sorgo Rojo (fragmento)

"¡Tong! ¡Tong! Esa vez el tañido del gong estuvo a punto de hacer pedazos el corazón doliente del abuelo. El mazo no percutía la superficie convexa del gong: estaba golpeando su corazón, los corazones de todos los porteadores.
El abuelo cerró los ojos con fuerza y empezó a erguirse, de una manera loca, suicida (en medio del caos del levantamiento, el amo Cao Segundo vio que el porteador llamado Gallito aplicaba rápidamente sus labios al cuenco de vino que estaba sobre el ataúd y bebía un buen sorbo). Con una trepidación, el ataúd se alzó de los taburetes. La quietud mortal del cuarto sólo se vio rota por el crujido de articulaciones humanas.
El abuelo no podía saber que su cara estaba tan pálida como la muerte en el instante en que el féretro se alzó en el aire. Todo lo que sabía era que el grueso cable de cáñamo lo estaba ahorcando, que su cuello estaba a punto de partirse y que las «calabazas planas» —sus vértebras— estaban comprimidas hasta el extremo de que, de verdad, debían parecer calabazas aplanadas. Incapaz de enderezarse, no necesitó más que de una fracción de segundo para que su voluntad sucumbiera a la desesperación; sus rodillas empezaron a doblegarse como el acero fundido.
El efecto de la claudicación del abuelo fue un deslizamiento inmediato del azogue, lo que hizo que el enorme féretro se inclinase hacia delante y oprimiera su columna vertebral arqueada. El cuenco que descansaba sobre el ataúd también se inclinó hacia un lado: el vino incoloro tocó el borde y amenazó con derramarse. Los miembros de la familia Qi miraban con los ojos desencajados.
El amo Cao Segundo propinó una bofetada perversa al abuelo.
Tiempo después, el abuelo recordaría que aquella bofetada le hizo zumbar los oídos y que todas las sensaciones de su cintura, sus piernas, sus hombros y su cuello parecieron perderse en la inconciencia, como si las hubiese convocado un espíritu desconocido. La cortina de crespón negro que cayó ante sus ojos quedó rasgada de inmediato por una lluvia de chispas doradas y chirriantes.
Se irguió, alzando el féretro a más de tres pies del suelo. Al momento seis porteadores se deslizaron bajo el ataúd a cuatro patas y lo sostuvieron sobre sus espaldas. Por fin el abuelo exhaló un chorro de aire pegajoso. Después, el aire que aspiró le pareció tibio y dulce mientras se elevaba lentamente y pasaba por su garganta…
El féretro atravesó las siete puertas y quedó instalado bajo un dosel azul, grande y brillante.
Tan pronto como el grueso cable blanco cayó de su espalda, el abuelo abrió la boca y de ella y de su nariz fluyeron chorros de sangre color escarlata…
El abuelo, un porteador excelente, no sintió más que desdén por los soldados de la Sociedad de Hierro que daban vueltas sin control alrededor del ataúd de la abuela, pero no era él quien diría algo. Cuando el soldado volvió a la carrera, después de mojar en una poza el grueso cable de algodón blanco, se acercó y con sus propias manos lo ató alrededor del féretro. A continuación eligió dieciséis de los mejores soldados, les señaló sus puestos y gritó «¡Arriba!». El ataúd se alzó del suelo… El féretro de la abuela quedó instalado bajo un gran dosel sostenido por treinta y dos varas, mientras el abuelo recordaba lo ocurrido años antes… El ataúd de la familia Qi era un dragón gigante que se arrastraba bajando por la carretera adoquinada de la ciudad de Jiao. Los caminantes estaban demasiado ocupados en observar la palidez mortal de los rostros de los sesenta y cuatro porteadores y la sangre que manaba de las narices de siete u ocho de ellos para prestar alguna atención a los que desfilaban sobre zancos, a los bailarines vestidos de león, a los gigantes que exhalaban fuego. "



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