Vida de Constantino (fragmento) Eusebio de Cesarea

Vida de Constantino (fragmento)

"Todo cuanto está comprendido en las leyes fundamentales de la naturaleza, proporciona a cada uno de nosotros una idea adecuada de la providencia e inteligencia que regulan el orden divino, y a aquellos cuyas mentes se dejan guiar por el camino recto del conocimiento hacia esa meta, no les cabe ya duda alguna de que la percepción exacta de la sana reflexión y del mismo órgano de la visión, con el solo impulso de la virtud, lleva al conocimiento de Dios. Por ello, ningún hombre inteligente debería turbarse de ver que muchos son arrastrados a tomar decisiones opuestas. Pues la gracia de la virtud quedaría oculta en la total incom­prensión si, como contrarréplica, la maldad no hubiera opuesto el modelo de una vida pervertida y loca. Por ello, una corona está propuesta para la virtud, siendo el excelso Dios la única autoridad a quien compete el dictamen. Yo, por mi parte, intentaré del modo más claro posible exponeros a todos vosotros la naturaleza de mis íntimas esperanzas.
Siempre he tenido a los emperadores anteriores, en razón de la brutalidad de su carácter, por gente deshu­manizada; sólo mi padre practicó uniformemente obras de mansedumbre, invocando en todas sus accio­nes, con unción admirable, a Dios como salvador. Todos los demás, no estando en sus cabales, se dejaron llevar más por la brutalidad que por la dulzura, y a aquélla dieron abundante pábulo, pervirtiendo en sus mismos días la aplicación correcta de la razón y a tal extremo les prendió su furibunda malignidad, que en medio de una calma total, tanto en lo que respecta a los asuntos divinos como a los intereses humanos, se avivó, por su iniciativa, el rescoldo de las guerras intestinas.
Por entonces corrió el rumor de que Apolo, desde el lóbrego hondón de una gruta, y no desde el cielo, había vaticinado que los justos que vivían sobre la tierra le impedían profetizar la verdad, y que a ello se debía el que los oráculos dictados desde los trípodes resultaran falsos. Su sacerdotisa, soltando sus guedejas en señal de duelo y presa del furor, lamentaba entre gemidos aquel desastre que había caído sobre los hombres. "



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