El juez y su verdugo (fragmento)Friedrich Dürrenmatt

El juez y su verdugo (fragmento)

"El comisario calló, y Lutz, que gustosamente hubiera discutido, intentó otra vez mirar por la ventanilla. La lluvia había amainado un poco. Ya estaban en el camino de entrada. El cementerio de Schosshalden se alzaba entre los troncos humeantes, un muro gris, manchado por la lluvia. Blatter llegó al patio interior y se detuvo. Se apearon del coche, abrieron los paraguas y avanzaron por entre las hileras de tumbas. No necesitaron buscar mucho tiempo. Las lápidas y las cruces quedaron atrás. Entraron en una zona que parecía en obras; el suelo estaba lleno de tumbas recién excavadas, con tablas encima. La humedad del césped atravesaba los zapatos, a los que se pegaba la tierra arcillosa. En el centro de aquella zona, entre todas esas tumbas aún deshabitadas, en cuyo fondo el agua almacenada formaba charcas sucias, entre cruces de madera provisionales y montículos de tierra recubiertos por una espesa capa de flores y coronas ya marchitas, se veía un grupo de personas en torno a una fosa. Aún no habían bajado el ataúd, y el pastor estaba leyendo un pasaje de la Biblia; a su lado, sosteniendo un paraguas para ambos, el sepulturero, aterido, se apoyaba ora en una pierna, ora en la otra. Bärlach y Lutz se pararon junto a la fosa. El viejo oyó un llanto. Era Frau Schönler, gorda y deforme bajo aquella lluvia interminable; junto a ella estaba Tschanz, sin paraguas, las solapas de su impermeable subidas y el cinturón colgando, con un sombrero tieso y negro en la cabeza. A su lado una joven pálida, sin sombrero, cuyos cabellos rubios colgaban en mechones mojados; Anna, pensó involuntariamente Bärlach. Tschanz se inclinó, Lutz hizo un gesto con la cabeza, el comisario ni pestañeó. Miraba a los que estaban al otro lado de la tumba, todos policías de paisano, todos con los mismos chubasqueros, con los mismos sombreros tiesos, negros, los paraguas como espadas en la mano, fantasmagóricos guardianes del difunto, traídos de algún lugar por el viento, irreales en su probidad. Y detrás de ellos, en filas escalonadas, la banda municipal convocada a última hora, en su uniforme rojinegro, tratando de proteger desesperadamente sus instrumentos amarillos bajo los impermeables. Así estaban allí todos alrededor del ataúd, una caja de madera sin corona ni flores que, sin embargo, era lo único cálido y seguro en medio de aquella lluvia interminable, que caía con un tamborileo monótono, siempre más fuerte, cada vez más infinita. El pastor había dejado de hablar hacía rato. Nadie lo advirtió. Sólo se oía la lluvia. El pastor tosió. Una vez. Luego varias veces. Por fin estallaron los bajos, las trompetas, las trompas de caza, las cornetas y los fagotes, solemnes y orgullosos, relámpagos amarillentos entre las olas de lluvia; pero al final también se hundieron, se desvanecieron, se rindieron. Todos se cobijaron bajo los paraguas, bajo los abrigos. La lluvia arreciaba más y más. Los zapatos se hundían en el fango y el agua entraba a raudales en la tumba vacía. Lutz se inclinó y avanzó un paso. Miró el ataúd mojado y volvió a inclinarse.
—Colegas y amigos —dijo, y su voz era casi inaudible entre las cortinas de agua—, colegas y amigos, nuestro camarada Schmied ya no existe.
En ese momento lo interrumpió una canción violenta y chillona:
«El diablo anda suelto,
el diablo anda suelto,
y va a dejar todo revuelto».
Dos hombres vestidos de frac se acercaban por el cementerio haciendo eses. Sin paraguas ni impermeable, estaban, totalmente expuestos a la lluvia. Llevaban la ropa pegada al cuerpo y la cabeza cubierta por sendas chisteras, de las que el agua resbalaba sobre sus capas. Traían una enorme corona de laurel verde, cuya cinta colgaba hacia abajo y rozaba la tierra. Eran dos individuos gigantescos y de aspecto brutal, carniceros con frac, completamente borrachos, a punto de caerse en cualquier momento, pero como jamás tropezaban al mismo tiempo, siempre podían sostenerse mutuamente recurriendo a la corona de laurel, que iba dando tumbos como un barco en un mar tempestuoso. "



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