La flor del norte (fragmento)Espido Freire

La flor del norte (fragmento)

"La comitiva real venía a por mí, y a mi espalda, los noruegos aguardaban el encuentro con las mandíbulas apretadas y sus mejores galas. A mí me cubría el rostro un velo, y mi yegua nueva, a la que prefería por encima de la muía o del macho regalado por el rey Jaime, parecía también inquieta, bailarina sobre sus cascos finos.
Esa noche había soñado con mi madre. Con Cecilia, quizás, también. Me entregaba al sueño agotada, y cuando me despertaban por la mañana me parecía no haber dormido. Deseaba descansar semanas enteras, en un único lugar, que todo aquello hubiera ocurrido ya y recordarlo desde mi vejez, a salvo, recién sacudida de un sueño agradable.
Frente a mí se habían congregado gran número de castellanos, villanos y burgueses, que aguardaban presenciar la recepción del rey. Algunos se habían mantenido en ese lugar durante horas, con sus familias y sus alimentos y sus mantas gruesas, como si fueran de romería. Nosotros, con el sudor o el frío punteando la espina dorsal, esperábamos. Valladolid era una urbe inmensa, en la que habitaban veinticinco mil almas. Una ciudad monstruosa, llena de ruido, de gente, desbordada en su insensato tamaño.
Los sones anunciaron la proximidad de los monarcas. Como en Aragón (como en todas partes menos en la mezquina Francia), llegaba después de los primeros escoltas una procesión de antorchas, músicos con sus instrumentos y, al remate de una fila de doce caballeros y doce damas a caballo, costosamente guarnecidos, mi rey don Alfonso con doña Violante. Los pajes, vestidos con la enseña real, se acercaron a mí; el rey descabalgó y me dio la bienvenida.
En latín.
Yo murmuré unas palabras de agradecimiento. No sé si se escucharon. El pueblo gritaba mi nombre, el del rey, vitoreaban y cantaban al son de la música. Ivar se acercó a mí y me arrancó el velo y la toca, de manera que el pueblo pudiera verme el rostro con claridad y a su placer. Tras un instante de silencio, comenzaron de nuevo los gritos, esta vez entusiasmados.
Redoblaron sus alabanzas e intentaron acercarse a nosotros, aunque fuera su acción no más que un teatro, porque estábamos protegidos por los caballeros y ellos lo sabían, y por lo tanto no había sino un forcejeo falso, contenido sin esfuerzo.
—¿Lo escucháis? Os alaban por hermosa —dijo el rey.
Entonces, Ivar hizo un gesto y yo me cubrí de nuevo. Habían arrojado algunas flores a los pies de los caballos, y otras se habían quedado prendidas en mis ropas. Entre el tumulto apenas atisbado se distribuían hogazas de pan y jarras de vino. Calculé de memoria el desorbitado gasto. ¡Veinticinco mil almas, más las llegadas de otros lugares para el festejo!
El pueblo participaba de la alegría real. El rey tomó la brida de mi caballo, y así caminamos hasta el palacio donde nos hospedábamos. Habían preparado una gran cena, aunque no eran sino las cuatro de la tarde y todavía el sol se encontraba muy alto en el cielo, algo imposible en Noruega.
Por debajo de mis velos pude ver que era don Alfonso apuesto, con rubia barba y constitución sanguínea, como la reina, su esposa, que a su vera caminaba y mostraba, entre púrpuras imperiales, un vientre repleto. Doña Violante poseía un vigor extraño en los ojos, que indicaba que no abandonaba fácilmente una presa, y era muy bella, aunque tuviera el cuerpo deformado por el embarazo y las manos y el cuello hinchados. Me sentaron junto al rey, que, nuevamente, me dio la bienvenida y me besó, como era la costumbre castellana. "



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