Norte y sur (fragmento)Elizabeth Gaskell

Norte y sur (fragmento)

"El señor Thornton conocía la casa. Había visto el anuncio y había ido a verla, atendiendo así la petición del señor Bell de que ayudara al señor Hale cuanto pudiera: y movido también por interés personal en el caso de un clérigo que había renunciado a su beneficio en circunstancias como las del señor Hale. La casa de Crampton le había parecido perfecta. Pero al ver a Margaret, su desenvoltura y su porte distinguido, se avergonzó un poco de haber dado por sentado que estaba muy bien para los Hale, a pesar de cierta vulgaridad que le había llamado la atención cuando fue a echarle un vistazo.
Margaret no podía evitar su belleza; pero su desenvoltura, su rotunda barbilla saliente, la manera de erguir la cabeza, sus movimientos y cierto aire de desafío femenino daban siempre a los desconocidos una impresión de altivez. En aquel momento estaba cansada y hubiera preferido guardar silencio y descansar como le había dicho su padre; pero tenía la obligación de comportarse como una dama, por supuesto, y hablar con cortesía de vez en cuando con aquel desconocido; no demasiado pulido, ni demasiado refinado tras su duro encuentro con las calles y las muchedumbres de Milton, había que reconocerlo. Ella deseaba que hiciera lo que había comentado y que se marchara, en vez de quedarse allí sentado respondiendo con frases breves a sus comentarios. Se había quitado el chal y lo había dejado en el respaldo de su silla. Se sentó frente a él de cara a la luz. Él contempló toda su belleza: su cuello flexible y blanco, bien formado, que surgía de la figura plena pero ágil; sus labios, que movía tan levemente cuando hablaba, sin quebrar la fría expresión serena de su rostro con ninguna variación del precioso contorno altivo; sus ojos, con una suave melancolía, que se encontraban con los suyos con serena libertad femenina. Casi se dijo que no le caía simpática antes de que su conversación concluyera. Intentaba resarcirse así de la sensación mortificante de que mientras él la miraba con admiración incontenible, ella le miraba a él con altiva indiferencia, tomándolo, en su opinión, por lo que era, se dijo irritado: un tipo muy tosco sin gracia ni refinamiento de ningún género. Tomó por desdén la actitud de frialdad serena de la joven, y le ofendió en lo más hondo hasta el punto de que tuvo que contenerse para no levantarse y marcharse y no volver a tener nada que ver con aquellos Hale y su altanería.
Cuando Margaret había agotado el último tema de conversación (si bien no podía llamarse conversación lo que consistía en tan pocos y tan breves parlamentos), llegó su padre y restableció su nombre y familia en la buena opinión del señor Thornton con afable cortesía caballerosa. "



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