Mary Barton (fragmento)Elizabeth Gaskell

Mary Barton (fragmento)

"La desesperanza se abatió como una nube densa y de vez en cuando, entre la calma chicha de tanto sufrimiento, se oyó el silbido de vientos tormentosos, que anunciaban el final de los negros augurios. En tiempos de pesar y consternación, a menudo nos consuela repetir viejos proverbios que nos hablan de las vivencias de nuestros antepasados; sin embargo, la presión de aquellos días terribles se volvió tan prolongada y fatigosa que los «no hay mal que cien años dure», «a buen hambre no hay pan duro» y otros refranes por el estilo parecían vanos y falsos. Los pobres cada vez eran más pobres y que muriesen tan pocos solo demuestra cuánto sufrimiento hace falta para matar a un hombre. Aunque el lector no debe olvidar que solo reparamos en la muerte de quienes trabajan, aunque sea humildemente. El mundo apenas lo nota cuando mueren los viejos, los débiles o los niños, y, no obstante, para muchos, su muerte deja un vacío que no se llena ni al cabo de largos años. Y, aunque haga falta mucho sufrimiento para matar a los miembros más fuertes de la sociedad, no hace falta demasiado para reducirlos a criaturas enfermas, exhaustas y apáticas que se arrastran por la vida con el corazón afligido y el cuerpo dolorido.
La gente había pensado que la pobreza de los años anteriores había sido difícil de soportar, y había encontrado pesado su yugo; pero ese año fue mucho más pesado. En otras épocas habían sufrido el azote del látigo, pero en ésta los azotaron con escorpiones.
Por supuesto, Barton también tuvo su parte de sufrimiento. Antes de ir a Londres con su vano propósito trabajaba por horas. Pero la esperanza de una solución gracias a la rápida intervención del Parlamento le animó a abandonar su empleo; y luego, cuando quiso recuperarlo, le dijeron que estaban despidiendo a gente todas las semanas, y se enteró por los comentarios de sus compañeros que no era probable que un delegado cartista y miembro del sindicato tuviese mucho éxito al buscar empleo. Aun así trató de poner al mal tiempo buena cara. Sabía que podía soportar el hambre, porque ya había tenido que hacerlo de niño, cuando vio a su madre quitarse el pan de la boca para dárselo a sus hijos, y, al ser él el mayor, había contado la noble mentira de que «no tenía hambre y no quería comer más» para imitar la valentía de su madre y contribuir a acallar el llanto de sus hermanos. Además, Mary tenía garantizadas dos comidas al día en casa de la señorita Simmonds; aunque, dicho sea de paso, la modista, que también había notado la escasez de los malos tiempos, había dejado de ofrecer té a las aprendizas y les había dado ejemplo de abstinencia al retrasar la comida hasta que concluían el trabajo por la noche, por muy tarde que fuese. "



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