Sombras del pasado (fragmento)Ha Jin

Sombras del pasado (fragmento)

"Después de comer, mientras mis compañeros de habitación, Mantao y Huran, se echaban una siesta, me encaminé al cobertizo de las bicicletas, que se encontraba entre dos casas alargadas destinadas a residencia de estudiantes. Al contrario de las chicas, que recientemente se habían trasladado al nuevo edificio residencial situado dentro del recinto universitario, la mayoría de los estudiantes varones continuaba viviendo en las casas de una sola planta próximas a la entrada principal del campus. Saqué mi bicicleta Fénix y partí hacia el Hospital Central.
El hospital se encontraba en el centro de Shanning y tardé más de veinte minutos en llegar hasta allí. Pese a que todavía no estábamos en verano, el aire era sofocante y en la atmósfera flotaba un olor a grasa quemada y a rábanos cocidos. En los balcones de los bloques de pisos que se extendían a lo largo de la calle, la ropa tendida oscilaba lánguidamente: sábanas, blusas, pijamas, toallas, camisetas, sudaderas. Al pasar ante un edificio en construcción, un altavoz colgado de un poste telefónico propagaba la voz cansina de un comentarista retransmitiendo un partido de fútbol, sumido en el sopor pese al griterío intermitente de los hinchas. Los obreros dormitaban en el interior del edificio rodeado de andamios de bambú. Las grúas, semejantes a esqueletos, y las mezcladoras de cemento en forma de tambor, permanecían inmóviles. Tres palas descansaban sobre un enorme montón de arena; tras éste, un gran tablero amarillo con caracteres gigantescos de color rojo rezaba: apunta alto, empléate a fondo. Noté en la espalda la camisa empapada de sudor.
La señora Yang había viajado al Tíbet como miembro de una expedición de veterinarios y tenía previsto quedarse un año en aquel país. Nuestro departamento le había escrito informándole del ataque sufrido por su esposo, pero ella no podía regresar de inmediato. El Tíbet estaba muy lejos, tendría que cambiar continuamente de autobuses y de trenes, y tardaría más de una semana en volver. Escribí a mi prometida, Meimei, que se encontraba en Pequín empollando para presentarse a los exámenes que le permitirían continuar con sus estudios de medicina. Le conté la situación de su padre y le aseguré que cuidaría bien de él, al tiempo que le aconsejaba que no se preocupara demasiado. Añadí que no se apresurase en regresar porque no existía ningún remedio mágico contra la apoplejía.
Si he de ser sincero, me sentía obligado a cuidar de mi profesor. Aunque no hubiera estado prometido con su hija, lo habría hecho de buena gana, tan sólo por la gratitud y el respeto que sentía hacia él. Durante cerca de dos años había sido mi profesor particular y en ese periodo no sólo me dedicó la tarde de casi todos los sábados para charlar de poesía clásica y arte poético, sino que además seleccionó los libros que yo debía leer, dirigió mi tesina y corrigió los ensayos que yo había escrito para que pudieran publicarse. Era el mejor profesor que jamás había tenido, profundo conocedor del arte poético y absolutamente entregado a sus alumnos. A algunos de mis compañeros les resultaba incómodo tenerlo como tutor, y opinaban que era demasiado exigente. Pero a mí me encantaba trabajar con él, y ni siquiera me importaba que me llamaran «señor Yang, hijo». En cierto modo era su discípulo.
Cuando entré en la habitación del señor Yang, éste estaba durmiendo. Le habían quitado el gotero que le pusieron en la sala de cuidados intensivos. La habitación era provisional, demasiado grande para una sola cama, pero penumbrosa y bastante húmeda. La ventana, cuadrada y encarada al sur, daba a un cúmulo de antracita situado en el patio trasero del hospital. Más allá del montículo de carbón, un par de chimeneas de hormigón arrojaban un humo blancuzco, y las copas de unos pocos álamos temblones se balanceaban con indolencia. El patio trasero recordaba una fábrica, más concretamente, una central eléctrica; incluso la atmósfera parecía grisácea. En cambio, el patio delantero semejaba un jardín o un parque, con sus acebos, sus sauces llorones, sus sicomoros y una variedad de flores que abarcaba rosas, azaleas, geranios e iris orlados. Incluso había un estanque oval, de ladrillo y piedra, con numerosos peces de colores cuya cola tenía forma de abanico. Médicos y enfermeras con bata blanca paseaban entre las flores y entre los árboles como si no tuvieran nada urgente que hacer. "



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