Diez gansos blancos (fragmento)Gerbrand Bakker

Diez gansos blancos (fragmento)

"El cristal tintineaba. Justo cuando pensaba que la última ráfaga había sido la más fuerte, el viento producía acto seguido un estruendo mayor. Se embozó más con el edredón, tenía entornada la puerta del dormitorio y se oía golpeteo desde el descansillo; se agarró el cuerpo, se estrechó los pechos por entre la fina tela de la camiseta de dormir, se metió las manos entre las piernas, levantó las rodillas como si estuviera preparándose para dar un golpe y se liberó un olor a especias autóctonas. El viento bramaba desde el mar de Irlanda, meneó la cabeza para apartarse de la mente la imagen del gran barco, pintas de cerveza y croquetas deslizándose por una barra; los cuadros colgados de la pared, las bolitas de la ruleta chocando por una moqueta roja, un payaso en un pequeño escenario, a un lado, vomitando en los bastidores. Tragó saliva, se imaginó a Bradwen en un cuadrado con un borde azul por el que se movía describiendo exclusivamente líneas oblicuas, en pantalón corto, pero con sus calcetines L y R un poco caídos, giraba dando vueltas sobre las manos, los codos en los costados, las venas del cuello hinchadas. Sam estaba sobre una silla al borde del cuadrado azul y ladraba cada vez que su amo daba vueltas por el aire, parecía volar y, con las piernas estiradas, aterrizaba justo en una esquina; luego levantaba un brazo rígido que dejaba la axila al descubierto. Por encima del estruendo, algo crujía; era más un desgarro, vieja madera viva que se desprendía de la tierra. Se dio cuenta de que ya no pensaba en el pasado, ni un solo recuerdo del marido, el estudiante, el tío, Navidad con las velas representando a un Papá Noel, de olor dulzón. «¡Ah!», exclamó porque ahora sí que tenía esa vela en la cabeza, consumida hasta la cintura del Papá Noel, un charquito de cera roja sobre el mantel de papel navideño, junto a un plato con finas rodajas de rosbif y coliflor con salsa de queso. Su madre que no podía disfrutar de la comida, nunca pudo, porque no le quitaba ojo, temerosa, al adorno de Navidad sobre el televisor. Estuvo dándole vueltas a la idea de salir de la cama. ¿Sentarse abajo junto al fogón, fumar? ¿Hacerse un té?
Se incorporó de golpe, se quitó de encima el edredón y se puso en pie. Posó una mano brevemente en el cristal de la ventana y percibió la presión del viento sobre él. Sintió que se mareaba, se había levantado demasiado rápido. Las luces de la lejanía temblaban, o no, eran las ramas cimbreándose de un lado a otro por doquier, sustrayendo las luces de la vista por el aumento y disminución de la tormenta. Abrió un poco más la puerta, fue a tientas —apoyando una mano pesada en la barandilla del rellano— hacia la escalera. Allá abajo seguía ardiendo incandescente la estufa del cuarto de estar, un leve resplandor rojo iluminaba el felpudo con WELCOME delante de la puerta de la calle y las botas de montaña del muchacho, que estaban al lado del felpudo.
Encendió las dos velas del alféizar y puso el hervidor de agua sobre la placa más caliente. El bambú cortado raspaba contra el muro lateral y en algún lugar traqueteaba una puerta; la puerta de la pocilga, con el ruido de fondo metálico del picaporte antediluviano. No llovía; el cristal de la ventana estaba seco. El agua empezó a hervir, se llenó una jarra y metió una bolsita de té. Mientras iba haciéndose el té, se frotó la frente y las sienes, el vientre. Nada. Afuera no había nada. Cogió la cajetilla de cigarrillos de la mesa y se encendió uno. El té estaba caliente. Se quemó la lengua y maldijo en voz baja. Poco después de apagar el cigarrillo, se encendió otro; estaba sentada en una silla entre la mesa y el fogón, y giró la cabeza en dirección al reloj. La tormenta era tan virulenta que no podía oírse el agudo tictac. Eran las dos y diez. Oyó otra suerte de tictac que procedía del cuarto de estar y, en el momento en que el perro estuvo en el pasillo que daba a la cocina, comprendió que se trataba de sus uñas contra la escalera de madera. "



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