Todo está tranquilo arriba (fragmento)Gerbrand Bakker

Todo está tranquilo arriba (fragmento)

"En el coche, de regreso a casa, Henk estuvo sentado a mi lado en silencio, con la mirada ausente. «Mi hijo», dije. No le pareció gracioso y emitió un hondo suspiro. El pelo le había desaparecido por completo debajo del extraño gorro de venda y, si no hubiera llevado ese gorro y no hubiera suspirado tan hondo, se lo habría tocado. Cuando torcí para entrar en la finca e iba a bordear la bicicleta de padre, vi que habían tirado de ella hasta colocarla contra la pared de la parte delantera de la casa. Ronald había querido hacer algo útil antes de irse. En el pasillo le cogí a Henk por los codos con ambas manos y le volví para que se mirara en el espejo. Eludió su propia mirada y, por un momento, pareció como si fuera a escupirle a su imagen reflejada.
Ahora lleva ya media hora sentado en el sofá del cuarto de estar. No dice nada; no está enchufada la televisión. De vez en cuando, se restriega el brazo izquierdo con la mano derecha. No quiere café ni quiere comer nada. La corneja cenicienta no ha regresado todavía a su lugar habitual en el fresno.
Está claro que no necesito a nadie para sacar los burros al campo. Abro la valla, voy al establo, giro la valla y regreso despacio al prado de los burros. Vienen detrás de mí corcoveando y rebuznando, pero no me adelantan. Poco antes de la valla abierta dejo que pasen. Sólo entonces me sobrepasan y empiezan a saltar y trotar dando vueltas. Cuando ya se han calmado un poco, comienzan a oler el cercado nuevo. Cierro la valla, ato la cuerda y me dirijo a la carretera siguiendo la tela metálica. Los narcisos que rodean los troncos de la hilera de árboles están a punto de florecer. Tuerzo la esquina y sigo la valla nueva hasta llegar a los restos de la casa del gañán. Los últimos metros me acompañan los burros por el otro lado de la valla. Están resplandecientes por la llovizna y se rascan el mentón con la nueva balda de madera. Están contentos.
Tomo carrerilla y salvo de un salto la acequia. La Administración Forestal del Estado quiere construir un centro de interpretación donde en su tiempo estuvo la casa del gañán. Llegará un día en que ya no haya más granjeros en el Waterland. O sólo un granjero que se dedique a vigilar las vacas de los Highlands o el ganado de raza Galloway, que corte el césped, que recoja las latas de refrescos vacías, que corte el carrizo y que realice visitas guiadas desde el proyectado centro de interpretación en chalanas impecablemente pintadas, o no. Toda nuestra tierra es ya de la Administración Forestal del Estado; yo sólo la arriendo. En primavera impido que el viento incida sobre el molino durante mucho tiempo, de manera que una parte de mis tierras queda bajo el agua. Es para las avefrías, las agujas colinegras y los archibebes. A cambio, recibo una subvención de la provincia. Todos los años hago que coincida ese momento con la recogida de las ovejas. Todo me parece estupendo, pero todavía me rebelo contra la venta de esta parcela.
Cada seis meses llega una carta de la Administración Forestal del Estado que padre quiere responder, pero yo no. La última carta no se la he enseñado. Está en uno de los cajones del escritorio.
En los cimientos puede verse todavía el plano de la casa. Aparto con los pies pedazos de tierra, ramas y hojas secas. Aquí estaba el cuarto de estar, aquí la cocina, el baño, el pasillo. La bodega ya no existe, se ha convertido en un agujero relleno de piedras y tierra. Ahora está creciendo incluso mala hierba por las anchas grietas del hormigón. A un metro por encima de mi cabeza se encontraba la buhardilla grande con los dos tragaluces. No quiero oír por aquí a niños gritando mientras corren ni a un granjero conservacionista cualquiera diciendo gilipolleces. Lo que quiero es venir aquí de vez en cuando y volver a levantar los muros con la imaginación, volver a ver cómo se cierra el techo de manera imperceptible, cómo se enganchan las tejas rojas en los rastreles, quiero imaginarme el cuarto de estar con las ventanas abiertas, las botellas de cerveza y el olor a tabaco rubio.
Me paso una mano por el cabello mojado y, húmeda, me la restriego por la cara. El agua es buena, lo limpia todo (la suciedad, la piel muerta, los años); en el agua te sientes ingrávido, el agua te hace temerario y anula la edad. Henk seguirá teniendo siempre diecinueve años. Le veo justo delante de mí, sentado en el sofá con una botella de cerveza tibia en la mano, los botones superiores de la camisa abiertos y el otro brazo sobre el respaldo. Henk, que me da un beso como si acabara de fallecer alguien. Música solitaria, suave. Meneo la cabeza y le doy un puntapié con la punta de la bota a un matojo de mala hierba. Jaap. Era Jaap. "



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