La soledad de los números primos (fragmento)Paolo Giordano

La soledad de los números primos (fragmento)

"A Viola Bai la admiraban y temían con el mismo fervor todas sus compañeras, por ser guapa como ella sola y por conocer la vida, a sus quince años, mejor que ninguna, o al menos por aparentarlo. Los lunes por la mañana, en el recreo, las chicas le hacían corro en su sitio y escuchaban con avidez su resumen del fin de semana, que la mayoría de las veces era una astuta versión de lo que Serena, su hermana ocho años mayor, le había contado a su vez el día anterior. Viola se apropiaba de todo, aunque adobándolo con detalles sórdidos de su propia cosecha que a sus amigas les sonaban inquietantes y misteriosos. Hablaba, por ejemplo, de locales en los que nunca había estado, pero describiendo al detalle la iluminación psicodélica o la sonrisa maliciosa que le había dirigido el camarero al servirle un cubalibre.
En la mayoría de los casos acababa con el camarero en la cama, o en la trasera del bar, entre barriles de cerveza y cajas de vodka, donde él le daba por detrás tapándole la boca para que no chillara.
Viola Bai sabía cómo contar una historia. Conocía lo expresivo que puede ser un detalle, y cómo dosificar el suspense para que el timbre de entrada a clase sonara cuando el camarero andaba a vueltas con la cremallera de sus vaqueros de marca: su entregado auditorio se dispersaba entonces lentamente, con las mejillas coloradas de envidia y frustración. Le hacían prometer que continuaría en el siguiente intervalo entre clases, aunque ella era demasiado inteligente para cumplir la promesa: al final despachaba el asunto haciendo una mueca con su boca perfecta, dando a entender que no tenía importancia alguna: era un lance más de su extraordinaria vida y ella lo tenía ya más que superado.
Sexo había practicado de verdad, como también había probado alguna de las drogas cuyos nombres tanto le gustaba pronunciar, aunque solamente con un chico y una sola vez. Ocurrió veraneando en el mar y él era un amigo de su hermana, que aquella noche bebió y fumó mucho y olvidó que una chiquilla de trece años es demasiado joven para ciertas cosas. Se la folló deprisa y corriendo, detrás de un contenedor. Cuando los dos volvían cabizbajos con los otros, Viola le tomó la mano, pero él se soltó con desdén. A ella le hormigueaba la cara y el calor que sentía entre las piernas la hizo sentirse muy sola. En los días siguientes, el chico no volvió a hablarle y ella se lo contó a su hermana, que riéndose de su ingenuidad le dijo: «So tonta, ¿qué te creías?»
El devoto séquito de Viola estaba compuesto por Giada Savarino, Federica Mazzoldi y Giulia Mirandi. Formaban un grupo compacto y despiadado al que algunos en el colegio llamaban «las cuatro pavas». Viola las había escogido una por una y de todas exigió un pequeño sacrificio, porque su amistad debía una ganársela. Era la que decidía por todas y sus decisiones eran oscuras e inequívocas. "



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