Una pantera en el sótano (fragmento)Amos Oz

Una pantera en el sótano (fragmento)

"No imaginé que me seguirían. Que la Unidad de Asuntos Internos comenzaría ese mismo día a ponerse en acción. A Ben Hur no le gustaba no saber. Tenía una especie de sed que nunca se saciaba. En su rostro, sus movimientos, su voz, había algo que reflejaba su sed. Por ejemplo, en los partidos de fútbol (él era el centrocampista derecho y yo el comentarista) nos quedábamos alucinados al ver que Ben Hur era capaz de beberse seis o siete vasos de gaseosa seguidos, y después pegarse al grifo y, aun así, parecía que seguía teniendo sed. Siempre. No tengo una explicación. Hace poco me lo encontré en la sala de espera de un vuelo de El Al. Vestía un traje oscuro, llevaba zapatos de piel de cocodrilo, una elegante gabardina colgada del brazo, y su bolsa de viaje, llena de hebillas, llevaba la palabra Patent escrita con letras color plata. Ahora su nombre ya no es Ben Hur Tikochinsky, sino señor Beny Takín, propietario de una cadena de hoteles. Y todavía parece sediento. (Existe una expresión que verdaderamente ilustra la sed de Ben Hur: «abrasado de sed» [Is 5:13].)
¿Sediento de qué? Ojalá lo supiera.
Gente como ésa quizás esté condenada a vagar durante toda su vida por un desierto interior, entre áridas dunas amarillentas, arenas movedizas, soledad. Muchas aguas no lo apagarán, ni lo bañarán los ríos. Como cuando era niño, ahora todavía siento cierta fascinación por esa clase de personas, pero con el paso de los años he aprendido a intentar cuidarme de ellas. O no de ellas, sino de mi fascinación por ellas.
EL viernes por la tarde me metí en el Orient Palace, que significa «palacio de Oriente». Ya escribí que ese palacio oriental no era un palacio sino una cabaña destartalada, escondida en una maraña de pasiflora. Tampoco es que estuviera en oriente, sino en el oeste, en una de las pequeñas callejuelas con casas alemanas muy antiguas, por detrás del campamento militar, en dirección al barrio de Romema. Eran unas casas de piedra, adosadas, de paredes gruesas, con ventanas en forma de arco, tejado de tejas, sótano, ático, pozo de agua y jardines cercados por un muro de piedra bajo la sombra de frondosos árboles que proyectaban sobre esos patios una especie de luz tenue, como en el extranjero, como si llegaras hasta el control fronterizo de una tierra prometida en la que la gente vive en paz. Pero a ti sólo te permiten observarla desde el otro lado, sabiendo que nunca podrás entrar.
El camino que escogí para dirigirme al Orient Palace incluyó varios rodeos a través de patios traseros, campos de piedra y, para mayor seguridad, otro rodeo por el sur, por detrás del colegio Tajkemoní. De vez en cuando echaba un vistazo por encima del hombro, para asegurarme de que realmente nadie me seguía. Además, quería que el camino fuese más largo, porque nunca admití la hipótesis de que la línea recta sea siempre el camino más corto. En mi fuero interno pensaba: Línea recta: ¿y qué?
En los días de mi arresto domiciliario, cuando fui condenado a la oscuridad, efectivamente utilicé la lógica como mi padre me había exigido: pensé de nuevo en cada uno de los pasos, tanto los acertados como los equivocados, que había dado la noche en la que caí en manos del policía inglés. Saqué varias conclusiones. Primero, mis padres, sin duda, tenían razón cuando decían que mi retraso había sido un acto temerario sin precedentes. Un combatiente de la resistencia inteligente nunca debe enredarse en un altercado con el enemigo, a no ser que haya sido por su propia iniciativa y tenga una finalidad clara. Todo contacto entre el enemigo y la resistencia ha de ser por iniciativa de ésta; si no, se ayuda al enemigo. Yo me había expuesto sin ninguna necesidad, al quedarme en las cuevas de Sanhedria hasta después del toque de queda, y todo por andar soñando. Un verdadero combatiente de la resistencia tiene el deber de reclutar hasta sus sueños para acercarse al objetivo, que es el triunfo. En un período en el que se fragua el destino de un pueblo, soñar por soñar es algo que quizás sólo pueden hacer las chicas. Los combatientes deben tener cuidado especialmente con los sueños con Yardena, que casi tiene veinte años y aún tiene la costumbre infantil de colocarse bien la falda cuando se sienta, como si sus rodillas fueran un bebé que hay que cubrir con esmero, no menos de la cuenta para que no coja frío, ni demasiado no sea que le falte el aire. Y su clarinete. Es como si la música no saliera de él, sino directamente desde el interior de Yardena, y sólo pasara por el clarinete para aumentar la dulzura y la tristeza y transportarte a un lugar auténtico, tranquilo; un lugar donde no existe el enemigo ni el combate, donde no se siente vergüenza, donde no hay traición. Un lugar libre de pensamientos traicioneros. Todo envuelto en un manto de luz. (Un manto es, en realidad, un vestido. Como ese vestido de Yardena, el de color naranja). "



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