En la distancia (fragmento)Josefina Aldecoa

En la distancia (fragmento)

"Tasio y Betty me acompañaron a Londres en agosto para recuperar a Susana y con ellos pasamos unos días en casa de una pareja amiga, él descendiente de Madame de Staël. También visitamos a otros amigos que tenían casas en el campo y al regresar nos quedamos los cuatro unos días en París. A la vuelta, Susana y yo nos detuvimos en San Sebastián, donde pasamos una semana y nos vimos con las Bergareche, Concha, la mujer de Camus, y Asun, su hermana, que llegó a ser una de mis mejores amigas.
Cuando murió Ignacio yo aparté de mi vida todo proyecto literario. Sólo permanecí fiel a la lectura, alimento imprescindible para seguir viviendo. La pasión que nos unía a Ignacio y a mí tenía profundas raíces en la literatura. La literatura fue desde el principio nuestro lazo de unión. Comentar lecturas, bosquejar proyectos de escritura, discutir, pedir crítica y consejo sobre lo escrito, y luego rechazarlo ambos.
Imaginábamos una vida pletórica de viajes. Para luego retirarnos definitivamente a un lugar donde se pudiera vivir y escribir. Leer y charlar. Nadar, tomar el sol. Y contemplar los ocasos en el porche de una casa sobre el mar. Como los contemplábamos desde la terraza de Los Albares, con la primera copa de la tarde en la mano. El lugar era Ibiza, donde habíamos comprado un terreno en Cala Carbó, al oeste de la isla, una cala maravillosa, entonces virginal.
Ese futuro se esfumó y años después yo vendí, a un alemán, el terreno de Cala Carbó.
La literatura es un trabajo solitario. Para conseguir la concentración total que exige la escritura es indispensable sumergirse en la soledad. Por eso me parecía imposible volver a escribir. En soledad hay que afrontar la verdad, toda la verdad. Detenerse a reflexionar, a recordar, a imaginar.
Por el contrario, la educación es un trabajo en equipo, se desarrolla en contacto con otras personas: niños, profesores, padres. La educación me obligaba a salir de casa, a ver gente, a escuchar sus problemas y tratar de ayudarles a resolverlos. Me daba también la oportunidad de comprobar que nadie es feliz del todo ni del todo desgraciado. Que la vida está hecha de luces y sombras, de calor y frío.
El colegio fue mi tabla de salvación. Me aferré a él con la instintiva tenacidad del náufrago. La década de los setenta fue una década de consolidación de la supervivencia.
El verano de 1971 decidimos trasladarnos al norte. Los Camus tenían una casa familiar cerca de Comillas y nos animaron a alquilar algo en la hermosa villa sobre el mar de Cantabria. Nos pareció una buena idea y sobre todo nos tentó la proximidad de unos amigos queridos. Mónica y Teresa, de la famosa fonda La Colasa, nos alquilaron un piso en su misma calle. Fue un verano triste pero reconfortante. El cielo gris, la lluvia que abundó aquel verano, ejercían sobre mí un efecto deprimente, pero en todo momento estuve acompañada por la familia Camus. Y me alegró comprobar que Susana salía con un grupo de chicos de su edad, gracias a Isaac, un sobrino de Mario, hijo de su hermana mayor.
Yo había olvidado el paisaje del norte de España. Las primeras experiencias del mar en Asturias, los cursos de verano en Santander, en Las Llamas, durante la etapa universitaria. O las breves visitas a Zarauz, donde veraneaba Teresa, la hermana de Ignacio, y donde dejábamos a Susana con sus primos durante unos días, para regresar a Vitoria y estar con los padres de Ignacio y con sus amigos de juventud. "



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