Todo lo que hay (fragmento)James Salter

Todo lo que hay (fragmento)

"Inglaterra había ganado. Sus enemigos se arrastraban hambrientos entre ruinas, lo poco que quedaba de sus ciudades olía a muerte y cloaca, las mujeres vendían sus cuerpos a cambio de cigarrillos. Inglaterra, como un boxeador noqueado que permanece en pie, tuvo que pagar un precio muy alto. Una década más tarde había aún racionamiento y era difícil viajar, no se podía sacar dinero del país. Las campanas que repicaron para celebrar la victoria guardaban un largo silencio. El mundo anterior a la guerra era irrecuperable. Apagando su cigarrillo después de un almuerzo, un editor sentenció con calma: «Inglaterra está acabada».
Al principio se alojaron en casa de una editora amiga, Edina Dell, en uno de esos enclaves de casas adosadas que llaman terraces, con un jardín rodeado por muros de ladrillo y árboles en el exterior del comedor, la estancia de la vivienda que quedaba a la altura de la calle. Era hija de un profesor de lenguas clásicas, pero parecía provenir, con sus dientes irregulares y sus maneras displicentes, de una vida mucho más opulenta, de una mansión con grandes cuadros, muebles viejos e indiscreciones consabidas. Tenía una hija, Siri, fruto de un matrimonio de diez años con un sudanés. La niña, que tenía seis o siete años, era de un color muy agradable y seductor, y quería tanto a su madre que muchas veces no se despegaba de su pierna, que cogía con un brazo. Era como una gacela de ojos castaños que resaltaban sobre el blanco más inmaculado.
El hombre con quien vivía Edina era un personaje fornido y elegante, Aleksei Paros, que procedía de una distinguida familia griega y que tal vez estaba casado. Se mostraba más bien vago sobre un asunto más complicado de lo que parecía. Por aquel entonces era vendedor de enciclopedias, pero incluso cuando se paseaba por la casa en mangas de camisa, buscando cigarrillos, daba la impresión de ser alguien a quien todo iba a salirle bien en la vida. Era alto y gordo, y con muy poco esfuerzo podía encandilar a los hombres igual que a las mujeres. A Edina le gustaban los hombres como él. Su padre había sido así y tenía dos hermanos ilegítimos.
Aleksei había regresado la noche antes de Sicilia, no sin antes recalar en un club de la ciudad. Allí lo conocían bien, pues era un jugador empedernido. Se paseaba con las fichas en una mano acariciándolas inconscientemente con el pulgar. No tenía un sistema fijo de juego, sino que prefería actuar por instinto; algunos hombres parecen tener un don para ello. Si pasaba frente a la mesa del bacarrá era muy capaz de extender un brazo y apostar de forma impulsiva. Un gesto muy mediterráneo propio de los egipcios adinerados. Salvo por su aspecto, Aleksei podría haber sido uno de ellos, un playboy o un sultán de segunda.
Estaba frente a la ruleta escuchando el ruido que hacía al girar la bola de marfil, un sonido largo y decreciente que terminaba con fatídicos chasquidos cuando la bola iba rebotando sobre las casillas de los números hasta meterse en una. Vingt-deux, pair et noir. El 22, su año de nacimiento. Los números a veces se repetían, pero él no era partidario de apostar dos veces al mismo. En la mesa había gente más joven. Un hombre con un traje raído apuntaba en una tarjeta los números que iban saliendo y luego depositaba una pequeña cantidad sobre rojo o negro. Faites vos jeux, decía el crupier. Fue llegando más gente. Había algo que los atraía hacia una mesa en particular, algo que flotaba en el aire enrarecido. Faites vos jeux. Una mujer en traje de noche se había abierto paso hasta la mesa, una mujer joven, y la gente se colocaba de perfil entre las sillas. El tapete estaba repleto de fichas. En cuanto alguien apostaba, dos más lo seguían. Rien ne va plus, avisó el crupier. La rueda giraba, ahora más deprisa, y de pronto la bola salió disparada de una mano experta y empezó a dar vueltas en la dirección contraria, justo por debajo del borde. En ese mismo instante, como quien salta a un barco que está soltando amarras, Aleksei apostó cincuenta libras al 6. La bola emitía ese bello sonido giratorio que uno podría escuchar durante toda la eternidad, un sonido cargado de promesas. Podía ganar mil ochocientas libras, y durante cinco o seis segundos que parecieron interminables esperó sereno pero atento, como si estuvieran levantando la cuchilla de la guillotina. La órbita fue debilitándose hasta el naufragio final, cuando la bola, con un brinco metálico, cayó definitivamente en un número. No era el 6. Como jugador experimentado, no mostró ni emoción ni pesar. Volvió a apostar cincuenta libras en varias ocasiones y luego se fue a otra mesa. "



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