Las historias de Jean-Marie Cabidoulin (fragmento)Jules Verne

Las historias de Jean-Marie Cabidoulin (fragmento)

"Kamtchatka, esa extensa península siberiana regada por el río de este nombre, se extiende entre el mar de Okhotsk y el Océano Glacial Ártico. Mide 1350 kilómetros por una latitud de 400.
Esta provincia pertenece a los rusos desde 1806. Después de haber formado parte del Gobierno de Irkutsk, forma una de las ocho grandes divisiones de que se compone la Siberia, administrativamente considerada.
La población de Kamtchatka es relativamente pequeña; apenas un habitante por kilómetro superficial, sin que haya indicios de que tienda a aumentarse. Además, el suelo no es muy a propósito para el cultivo, aunque allí la temperatura media sea menos fría que en otras partes de Siberia. Está sembrada de lavas, de piedras porosas, de cenizas que provienen de erupciones volcánicas. Su forma puede ser comparada a una gran cadena cortada que se extiende al Norte y al Sur, más próxima al litoral Este y que presenta elevadas cúspides. Esta cadena no se detiene en el límite de la península; más allá del cabo Lopatka se prolonga a través del rosario de las Kouriles hasta cerca de las tierras del Japón.
No faltan los puertos en la costa occidental, subiendo el istmo que reúne a Kamtchatka con el continente asiático; Karajinsk, Chalwesk, Swaschink, Chaljulinsk, Osernowsk. El más importante es, sin duda, Petropavlosk, situado a unos 250 kilómetros del cabo Lopatka.
En este puerto ancló el Saint-Enoch el 4 de octubre a las cinco de la tarde. El ancla cayó tan cerca de tierra como lo permitía el calado del barco en el fondo de la bahía de Avatcha, bastante extensa para contener todas las flotas del mundo.
El Repton se encontraba ya de escala allí.
Si el doctor Filhiol había alguna vez soñado visitar la capital de Kamtchatka, iba a realizar su deseo en las más favorables condiciones. En aquel clima exuberante, donde se respira aire sano y húmedo, es raro que el horizonte esté completamente despejado. Sin embargo, aquel día, al entrar el navío en la bahía de Avatcha, se pudo seguir con la mirada el largo perfil de aquel magnífico panorama de montañas.
Numerosos volcanes se abren en aquella cadena: el Schiwelusch, el Schiwelz, el Kronosker, el Kortazker, el Powbrotnaja, el Asatschinska, y en fin, tras el pueblo, pintorescamente situado, el Koriatski, cubierto de nieve, cuyo cráter lanzaba vapores fuliginosos mezclados de llamas.
Respecto a la ciudad, aún en estado rudimentario, no se componía más que de un conglomerado de casas de madera.
Situada al pie de las altas montañas parecía uno de esos juguetes de niño cuyas casitas están colocadas sin orden. De las diversas piezas, la más curiosa era una pequeña iglesia del culto griego, de color rojo, con tejado verde y su campanario.
Dos navegantes, danés el uno y francés el otro, son honrados en Petropavlosk con monumentos conmemorativos: Behring y el comandante Laperouse; para el primero una columna, y una construcción octogonal, blindada con placas de hierro, para el segundo. "



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