Cumpleaños (fragmento)César Aira

Cumpleaños (fragmento)

"Este asunto de las particularidades en el fondo es muy literario; en una novela o un poema no se trata de revestir de generalidad a los particulares (ni siquiera Lukács lo pretendía con su teoría de los «tipos») sino de hacer absoluta la particularidad, de modo que el absoluto haga las veces de lo general. Ahí hay algo de imposible, de insoluble, y se hace necesario buscar formas nuevas para ponerlo en negro sobre blanco. Esas formas son lo que he buscado, en realidad sin proponérmelo, en mis novelitas, y si las pienso así ya no me deprime tanto haberlas escrito. A ver si puedo explicarme: no se trata de poner a Napoleón bajo la luz de las leyes científicas, sino más bien de considerarlo como en el viejo chiste del guía del museo que les muestra a los visitantes una calavera en una vitrina: «Ésta es la calavera de Napoleón», y después, en otra vitrina donde hay una calavera pequeñita: «Y ésta es la calavera de Napoleón cuando era chico». Este chiste es demasiado viejo, de acuerdo, y sin embargo es concebible que haya sido nuevo; la misma definición de chiste tiene que hacer alguna referencia a la invención formal, que a su vez es nueva por naturaleza. Todo lo nuevo se vuelve viejo, ésa es una ley inescapable. Pero, justamente, se trata de superar las leyes con validez universal. Lo nuevo queda preservado en lo viejo, como la calavera de Napoleón niño en la de Napoleón adulto. El chistecito, en su modestia de pequeña obra de arte al alcance de todos, conserva su novedad risueña aun dentro del hastío de las repeticiones, como algo concebible. También es concebible que cada hecho particular del universo sea objeto de una invención formal, irisada, sorprendente, divertida, imprevisible como una mariposa de raros dibujos revoloteando en un jardín. En ese sentido, la mía va a ser una enciclopedia recreativa.
Todo eso está muy bien para alguien que tiene eternidades de tiempo libre (sobre todo por la tarde) para sentarse en los cafés a jugar al filósofo y soñar despierto con el material que le proveen sus lecturas y llenar libretas con notas ociosas sobre esto y lo otro. Pasatiempo, autoengaño, coartada, a partes iguales. Coartada, porque me permite justificar mis injustificables novelas como aproximaciones provisorias a una Gran Obra proyectada hacia un más allá del tiempo. Pero sucede que yo también, como todo el mundo, tengo mis momentos de sinceridad conmigo mismo. Involuntarios, pero los tengo, como sucedió con este condenado asunto de la Luna.
Muy bien, entonces: no sé nada. Peor: no sé algo. «Sólo sé que no lo sé todo.» Y ni siquiera lo sé como una convicción, sino que me entero por accidente, a tropezones. No querría caer en la psicología, pero aun sin ella es evidente que la famosa totalidad está agujereada. Yo estoy agujereado, y en esa pequeña tiniebla blanca encuentro la realidad del misterio, que es también mi piedra de Rosetta. Si lograra traducir lo que no sé a lo que sé, podría entender por qué viví. Tal como están las cosas, lo veo todo como una ilusión, un simulacro hecho de palabras. Aunque llegara a saberlo, la novedad de mi ignorancia seguiría vigente. Me inclino sobre esta fuente insondable, nuevo Narciso, y me invade una tristeza desconocida. Creo que por primera vez me siento parte de la humanidad, ahora que por fin tengo un motivo para sentirme distinto. "



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