Narraciones inverosímiles (fragmento)Pedro Antonio de Alarcón

Narraciones inverosímiles (fragmento)

"Yo iba mirando a los cerrados balcones, saludando con la imaginación a todos aquellos seres desconocidos que dejaba detrás de mí y que suponía entregados al sueño, o bien pensaba en que seguirían viviendo allí rutinariamente más o menos años, sin noticia alguna de que yo había pasado una mañana por delante de sus viviendas, hasta que la muerte los obligase a viajar también a ellos, de quienes, al cabo de cierto tiempo, tampoco tendrían noticia o memoria los nuevos habitadores de sus hogares…
De pronto vi moverse las blancas cortinillas de un balcón, levantadas por linda mano que parecía de marfil, y luego divisé una cabeza despeinada y curiosa que se pegaba a los cristales para verme pasar…
Detuve mi caballo.
Érase una hermosísima joven, de diez y siete a diez y ocho años, blanca como la nieve. Anchos bucles de cabellos negros encerraban unas facciones correctas y delicadas, de pureza encantadora. Sus ojos, negros también, tenían aquella mirada tranquila que hace meditar al hombre en quien se detiene, y sus labios ostentaban cierto orgulloso desdén, propio de las clases mimadas por la fortuna…Mal hice en detener mi caballo…, y muy mal también en saludar a la gentil madrugadora…
Ella no me contestó; pero tampoco dio señales de enojo, de turbación, de burla ni de complacencia…
Se limitó a dejar caer la cortinilla, ocultándose a mi atrevida mirada, y yo me alejé más triste que nunca…
Medita en este encuentro.
Si yo hubiera tropezado con una mujer semejante en cualquiera gran población, indudablemente me habría sorprendido su rara belleza; pero al cabo de un minuto la habría olvidado… Mas encontrármela al cruzar por una aldea, al amanecer y como sola en el mundo; perderla al encontrarla; verla morir para mi vida cuando mi amor podía haber nacido para ella; dejarla así entregada a un destino en que yo nunca influiría; sospechar que detrás de mí vendría otro hombre y se haría dueño de su corazón; pensar en que ella acaso me hubiera dado la ventura, y en que yo había pasado a su lado sin demandársela…, ¡esto era ya, para mí melancolía, casi una pasión malograda por la fatalidad!
Así fue que súbitamente sentí remordimientos, como si hubiera hecho mal en no quedarme en aquella villa; dolor, como si acabara de perder a una amiga de mi infancia; celos, como si aquella niña me hubiera jurado eterno amor; y amor, como si en el minuto que había estado mirándola se hubiese detenido mi existencia a la manera de un reloj que se para…Todo el día y el siguiente, es decir, todo el viaje, fui pensando en mi aparición.
¿Quién era? ¿Por qué estaba levantada a aquella hora? ¿Esperaba a su amante? ¿Acababa de separarse de él?
Aquí me asaltaban penosas ideas: mi imaginación se trazaba cuadros desesperadores; la envidia me roía el alma. "



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