Los justos (fragmento)Albert Camus

Los justos (fragmento)

"SKOURATOV.—Déjanos. Buenos días. ¿No me conoce? Yo sí le conozco. (Se ríe.) Ya célebre, ¿eh? (Le mira.) ¿Puedo presentarme? (Kaliayev no dice nada.) ¿No dice nada? Comprendo. La incomunicación, ¿eh? Debe de ser muy duro estar ocho días incomunicado. Hoy hemos suprimido la incomunicación y tendrá usted visitas. Estoy aquí para eso, además. Ya le mandé a Foka. Excepcional, ¿verdad? Pensé que le interesaría. ¿Está contento? Es bueno ver caras después de ocho días. ¿No?
KALIAYEV.—Todo depende de la cara.
SKOURATOV.—Buena voz, bien timbrada. Usted sabe lo que quiere (Una pausa.) Si he comprendido bien, mi cara no le gusta, ¿verdad?
KALIAYEV.—Sí.
SKOURATOV.—¡Qué decepción! Pero es un malentendido. Lo que pasa es que esto está muy mal iluminado. En un sótano nadie es simpático. Además, usted no me conoce. A veces una cara echa hacia atrás. Pero luego, cuando se conoce a fondo al…
KALIAYEV.—Basta. ¿Quién es usted?
SKOURATOV.—Skouratov, director del departamento de Policía.
KALIAYEV.—Un lacayo.
SKOURATOV.—Para servir a usted. Pero en su lugar yo me mostraría menos orgulloso. Tal vez llegue a sucederle lo mismo. Se comienza por querer la justicia y se acaba organizando una policía. Por lo demás, la verdad no me asusta. Voy a ser franco con usted. Usted me interesa y le ofrezco los medios de obtener la gracia.
KALIAYEV.—¿Qué gracia?
SKOURATOV.—¿Cómo, qué gracia? Le ofrezco salvarle la vida.
KALIAYEV.—¿Quién se lo ha pedido?
SKOURATOV.—La vida no se pide, querido amigo. Se recibe. ¿Nunca concedió usted gracia a nadie? (Pausa.) Piénselo bien.
KALIAYEV.—Rechazo su gracia de una vez por todas.
SKOURATOV.—Escúcheme, al menos. No soy su enemigo, a pesar de las apariencias. Admito que pueda usted tener razón en lo que piensa. Salvo en lo que se refiere al asesinato…
KALIAYEV.—Le prohíbo emplear esa palabra.
SKOURATOV.—(mirándolo.) ¡Ah! Nervios delicados, ¿eh? (Pausa.) Sinceramente, quisiera ayudarle.
KALIAYEV.—¿Ayudarme? Estoy dispuesto a pagar lo necesario. Pero no le soportaré esa familiaridad conmigo. Déjeme.
SKOURATOV.—La acusación que pesa sobre usted…
KALIAYEV.—Rectifico.
SKOURATOV.—¿Cómo dice?
KALIAYEV.—Rectifico. Soy un prisionero de guerra, no un acusado.
SKOURATOV.—Como usted quiera. Sin embargo, causó usted estragos, ¿verdad? Dejemos de lado al gran duque y a la política. Por lo menos, hubo muerte de hombre. ¡Y qué muerte!
KALIAYEV.—Arrojé la bomba contra la tiranía de ustedes, no contra un hombre.
SKOURATOV.—Sin duda. Pero fue el hombre quien la recibió. Y eso no le sentó nada bien. ¿Sabe usted, querido amigo, que cuando encontraron el cuerpo faltaba la cabeza? ¡La cabeza, desaparecida! En cuanto al resto, apenas si pudo reconocerse un brazo y una parte de la pierna.
KALIAYEV.—Yo ejecuté una sentencia.
SKOURATOV.—Tal vez, tal vez. Nadie le reprocha la sentencia. ¿Qué es una sentencia? Es una palabra que puede discutirse noches enteras. Lo que se le reprocha… no, a usted no le gustaría esa palabra…, es, digamos, un trabajo de aficionado, un poco desordenado, cuyas consecuencias, eso sí, son indiscutibles. Todo el mundo ha podido verlas. Pregúnteselo a la gran duquesa. Había sangre, ¿comprende?, mucha sangre.
KALIAYEV.—Cállese.
SKOURATOV.—Bien. Yo quería decir simplemente que si usted se obstina en hablar de la sentencia, en mantener que fue el partido y sólo él quien juzgó y ejecutó, que el gran duque fue muerto no por una bomba, sino por una idea, entonces usted no necesita la gracia. Suponga, sin embargo, que volvamos a la evidencia, suponga que fue usted el que hizo saltar la cabeza del gran duque; entonces, todo cambia, ¿verdad? En ese caso usted necesitará la gracia. Quiero ayudarle. Por pura simpatía, créame. (Sonríe.) Qué quiere usted, a mí no me interesan las ideas, me interesan las personas.
KALIAYEV.—(estallando.) Mi persona está por encima de usted y de sus amos. Usted puede matarme, no juzgarme. Sé a dónde quiere llegar. Busca un punto débil y espera de mí una actitud avergonzada, lágrimas y arrepentimiento. No conseguirá nada. Lo que yo soy no le concierne. Lo que le concierne es nuestro odio, el mío y el de mis hermanos. Está a su servicio.
SKOURATOV.—¿El odio? Otra idea. Lo que no es una idea es el crimen. Y sus consecuencias, naturalmente. Quiero decir, el arrepentimiento y el castigo. Ahí estamos en la realidad. Por eso me hice policía. Para estar en el centro de las cosas. Pero a usted no le gustan las confidencias. (Una pausa, se acerca lentamente a él.) Todo lo que quería decirle es esto. —No debería usted fingir que ha olvidado la cabeza del gran duque. Si la tuviera en cuenta, la idea ya no le serviría de nada. Se sentiría avergonzado, por ejemplo, en lugar de enorgullecerse de lo que ha hecho. Y a partir del momento en que sienta vergüenza, deseará usted vivir para reparar. Lo más importante es que usted se decida a vivir. "



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