El pequeño señor Friedemann (fragmento)Thomas Mann

El pequeño señor Friedemann (fragmento)

"A los diecisiete años dejó la escuela para hacerse comerciante, profesión que ejercía todo el mundo en su círculo, y entró como aprendiz en el gran comercio de maderas del señor Schlievogt, allá abajo, junto al río. Lo trataban con consideración mientras él, por su parte, era cordial y voluntarioso. Así fue pasando el tiempo, pacífico y ordenado. Sin embargo, al cumplir los veintiún años, murió su madre tras una larga agonía.
Eso causó un gran dolor a Johannes Friedemann, dolor que no dejó de sentir en mucho tiempo. Era un dolor del que disfrutaba, al que se entregaba como quien se somete a una gran felicidad, lo preservaba a base de miles de recuerdos de su infancia y lo explotaba como el primer acontecimiento intenso de su vida.
¿Acaso la vida no es un bien por sí mismo, aunque no se desarrolle precisamente de un modo que podamos considerar «feliz»? Johannes Friedemann lo sentía así y amaba la vida. Nadie es capaz de comprender con qué íntimo detalle precisamente él, que había renunciado a la máxima felicidad que la vida puede brindarnos, sabía disfrutar de los placeres que ésta ponía a su alcance. Un paseo en primavera por los parques de las afueras de la ciudad, el perfume de una flor, el canto de un pájaro… ¿No podía uno sentirse agradecido por tales cosas?
Y que para la voluptuosidad hacía falta cultura; es más, que la cultura era una forma de voluptuosidad por sí misma: también eso supo comprenderlo. Así que se cultivó. Amaba la música y acudía a todos los conciertos que se celebraran en la ciudad. Con el tiempo aprendió a tocar bastante bien el violín, aunque ofreciera un aspecto de lo más extraño con el instrumento en las manos, y disfrutaba de todos y cada uno de los tonos bellos y dulces que lograba emitir. Con el tiempo, a base de muchas lecturas, también logró desarrollar un buen gusto literario, aunque en aquella ciudad no pudiera compartirlo con nadie. Estaba informado de las últimas publicaciones tanto nacionales como extranjeras, sabía paladear el encanto rítmico de un poema, dejar que actuara sobre él la atmósfera íntima de un relato escrito con habilidad… ¡Oh, sí casi se podía decir que era un epicúreo…!
Aprendió a comprender que todo era digno de ser disfrutado y que resultaba poco menos que estúpido distinguir entre experiencias felices e infelices. Absorbía con la mejor disposición todos los sentimientos y estados de ánimo y los cuidaba, tanto si eran tristes como alegres. También cultivaba los deseos incumplidos: la nostalgia. Amaba la nostalgia por sí misma y se decía que, una vez cumplido el deseo, lo mejor de ella habría pasado ya. ¿Acaso esa nostalgia y esa esperanza dulce, dolorosa y vaga de las tranquilas tardes de primavera no causaba mayor placer que todas las consumaciones que pudiera traer el verano? ¡Efectivamente, el pequeño señor Friedemann era un epicúreo!
Seguramente la gente que lo saludaba por la calle con aquella amabilidad compasiva a la que estaba acostumbrado desde siempre no lo supiera. No sabía que ese infeliz jorobado que se paseaba por la calle con su superioridad amanerada, su abrigo claro y su reluciente sombrero de copa (curiosamente, era un poco vanidoso) amaba tiernamente esa vida que transcurría dulcemente, sin grandes afectos, pero llena de una felicidad serena y delicada que él sabía procurarse a sí mismo. "



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