El vientre de París (fragmento)Emile Zola

El vientre de París (fragmento)

"Lo habría cogido y lo habría tirado a la calle. Él se lo llevó al bar de Lebigre, donde Rose recibió la orden de hacer con él un pastel. Y una noche, en el reservado acristalado, comieron el pastel. Gavard invitó a ostras. Florent, poco a poco, iba más por allí, ya no abandonaba el reservado. Encontraba en él un ambiente recalentado, donde sus fiebres políticas ardían a sus anchas. A veces, ahora, cuando se encerraba en su buhardilla a trabajar, la suavidad de la pieza lo impacientaba, la búsqueda teórica de la libertad no le bastaba, tenía que bajar, que ir a contentarse con los axiomas cortantes de Charvet y los arrebatos de Logre. Las primeras noches, aquel alboroto, aquella oleada de palabras le habían molestado; todavía notaba su vaciedad, pero experimentaba la necesidad de aturdirse, de espolearse, de verse inducido a cualquier resolución extremada que calmase las inquietudes de su ánimo. El olor del reservado, aquel olor a licores, cálido por el humo del tabaco, lo embriagaba, le daba una beatitud especial, un abandono de sí, cuyo arrullo le hacía aceptar sin dificultad cosas muy fuertes. Llegó a amar los semblantes que estaban allí, a buscarlos, a demorarse con ellos con el placer de un hábito. La cara dulce y barbuda de Robine, el perfil serio de Clémence, la pálida flacura de Charvet, la joroba de Logre, y Gavard, y Alexandre, y Lacaille, entraban en su vida, ocupaban en ella un lugar cada vez mayor. Era como un disfrute muy sensual. Cuando ponía la mano en el pomo de cobre del reservado, le parecía notar que ese pomo vivía, le calentaba los dedos, giraba por sí solo; no hubiera experimentado una sensación más viva al agarrar la flexible muñeca de una mujer.
A decir verdad, en el reservado ocurrían cosas muy graves. Una noche, Logre, tras haber vociferado con más violencia que de costumbre, dio unos puñetazos en la mesa, declarando que, si fueran hombres, derribarían al Gobierno. Y añadió que había que ponerse de acuerdo de inmediato, si querían estar preparados cuando se produjera el derrumbe. Después, con las cabezas muy juntas, en voz más baja, convinieron formar un pequeño grupo dispuesto para cualquier eventualidad. Gavard, a partir de ese día, estuvo convencido de que formaba parte de una sociedad secreta y de que conspiraba. El círculo no se amplió, pero Logre prometió relacionarlo con otras reuniones que él conocía. En un momento dado, cuando tuvieran todo París en sus manos, habría llegado la hora de las Tullerías. Entonces hubo discusiones sin cuento que duraron varios meses: cuestiones de organización, cuestiones de fines y medios, cuestiones de estrategia y de Gobierno futuro. En cuanto Rose había traído el grog de Clémence, las jarras de cerveza de Charvet y Robine, los mazagranes de Logre, Gavard y Florent, y los chatos de Lacaille y Alexandre, el reservado quedaba cerrado a cal y canto y se abría la sesión.
Charvet y Florent seguían siendo, naturalmente, las voces más escuchadas. Gavard no había podido contener su lengua, y poco a poco fue contando toda la historia de Cayena, la cual daba a Florent una aureola de mártir. Sus palabras se convertían en actos de fe. "



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