Noticias del paraíso (fragmento)David Lodge

Noticias del paraíso (fragmento)

"Cualquier cosa con tal de sofocar el rumor excesivamente familiar de las quejas formuladas por los adultos. ¿Son así todas las personas mayores? Se niega a creerlo. No tiene ella la impresión de que otras niñas se pasen todas sus vidas amargadas por el embarazoso espectáculo, o la amenaza de su inminencia, de sus padres comportándose desagradablemente en público.
Russel Harvey, o «Russ», como le llaman sus amigos y sus colegas en la planta comercial del banco de inversiones donde él trabaja en la City de Londres, oye el distante sonido de la sirena de la ambulancia desde el balcón de su habitación en la planta 27 del Waikiki Sheriden, donde desayuna solo. Parece como si en su luna de miel haya de hacer muchas cosas por su cuenta, incluidas las de tipo sexual. Cecily sigue dormida, o fingiendo dormir, en una de las dos camas dobles y Russ acaba de abandonar la otra. Aparentemente, cada habitación del hotel tiene dos camas dobles, lo que, según el punto de vista de Russ, representa una de más. Cecily fue la primera en retirarse la noche anterior, tras prepararse para el sueño en el cuarto de baño cerrado, y cuando él se reunió con ella bajo las sábanas, ella se limitó a trasladarse silenciosamente a la otra cama. Russ no la persiguió, pues se había forjado la impresión de que ella estaba perfectamente dispuesta a jugar a las camas musicales todo el tiempo que fuera necesario. Se siente muy herido por ello. No se trata, desde luego, de una cuestión de consumación del matrimonio, ni de satisfacer un deseo durante largo tiempo reprimido —al fin y al cabo, él y Cess han estado viviendo juntos casi dos años—, pero en su luna de miel seguramente un hombre tiene derecho a holgar bajo demanda.
Russ se endereza, se apoya en la baranda y mira tristemente, a lo largo del curvo litoral flanqueado por palmeras, una montaña de plana cúspide que sobresale en el mar y que el camarero que le ha servido el desayuno le ha dicho que es Diamond Head. Reconoce que la vista es pintoresca, pero nada hace para remontarle el espíritu. El ruido de la sirena se intensifica. Mira hacia la intersección de la calle, debajo de él, donde hay pintada en la calzada una enorme flor amarilla de cinco pétalos. Parece como si en estos andurriales las flores les llevaran de cabeza. Había capullos en sus almohadas la noche pasada, y otro flotaba en la taza del wáter, e incluso había uno esta mañana sobre sus copos de avena, que bien hubiera podido tragarse inadvertidamente.
Aparece la ambulancia, cruza la flor de los cinco pétalos o inmediatamente se queda atascada en el tráfico. Su sirena cambia de un gemido a una especie de frenéticos ladridos. Y entonces la maraña del tráfico se afloja, la ambulancia se desliza a través de un hueco y se aleja. Russ se pregunta indiferentemente quién irá dentro. Algún turista de edad provecta víctima de una insolación, quizá (en la terraza hace ya un calor infernal), o el rijoso protagonista de una segunda luna de miel víctima de una hernia discal en plena jodienda, o algún enamorado desesperado, que se ha visto repudiado y que...
Russ tiene de pronto una idea. Se pone de pie en una silla, ante la ventana abierta estilo patio, como los brazos abiertos, de modo que el sol matinal proyecte su sombra de crucificado en la habitación, profiere un grito sofocado y salta cuidadosamente de lado en el hueco del balcón, quedándose agazapado junto a la pared, invisible desde el dormitorio. Permanece allí en cuchillas más de un minuto, acurrucado como un ovillo y sintiéndose cada vez más estúpido. Después atisba el interior de la habitación. Cecily no se ha movido. O bien está dormida de veras o ha sabido adivinar su treta. O es un mal bicho de corazón todavía más frío del que él le ha supuesto.
Sidney Brooks, de pie y en pijama en una terraza del Hawai Palace, oye la sirena de la ambulancia, pero sólo débilmente, pues el hotel está orientado hacia el mar y su habitación domina la playa (siempre lo mejor para Terry). Terry y Tony tienen una habitación en la planta inmediatamente inferior y sólo tres más allá en ángulo recto respecto a la suya, y la noche anterior todos se dieron las buenas noches, pero esta mañana todavía no hay signos de vida en la otra terraza. La sirena de la ambulancia se calla, pero enseguida vuelve a sonar. Sidney nota un leve y frío estremecimiento de miedo, a pesar del calor solar que bate en el balcón, al recordar recientes recorridos suyos en ambulancia. Respira con fuerza varias veces, agarrándose la barriga con ambas manos como si fuera un balón medicinal. "



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