Orientalismo (fragmento)Edward Said

Orientalismo (fragmento)

"La extensión de Oriente más hacia el Este, desde un punto de vista geográfico, y más lejos en el tiempo, desde un punto de vista temporal, suavizó e incluso hizo desaparecer el marco bíblico. Los puntos de referencia ya no eran el cristianismo y el judaísmo, con sus calendarios y sus mapas bastante modestos, sino India, China, Japón y Sumer, el budismo, el sánscrito, el zoroastrismo o mazdeísmo y los seguidores de Manu. La capacidad de tratar históricamente (y no reductivamente, como un tópico de política eclesiástica) las culturas no europeas y no judeocristianas fue consolidándose a medida que la propia historia era concebida de una manera más radical que antes; comprender bien Europa significaba también entender las relaciones objetivas entre Europa y sus propias fronteras temporales y culturales hasta entonces inaccesibles. En cierto sentido, la idea de Juan de Segovia de la contraferentia entre Oriente y Europa se llevó a cabo, pero de una manera totalmente laica; Gibbon podía tratar a Mahoma como una figura histórica que influyó en Europa y no como un sinvergüenza diabólico que deambulaba por algún lugar entre la magia y la falsa profecía. Una identificación selectiva con las regiones y las culturas diferentes de la nuestra corroía la resistencia del yo y de la identidad, los cuales anteriormente habían estado distinguiendo entre una comunidad de creyentes dispuestos en línea de batalla frente a las hordas de bárbaros. Las fronteras de la Europa cristiana ya no eran una especie de aduana; y las nociones de asociación humana y de posibilidad humana adquirieron una legitimidad extensa general en lugar de una legitimidad restringida. Las clasificaciones de la humanidad se multiplicaron sistemáticamente al mismo tiempo que las posibilidades de designación y de derivación se refinaron para llegar más allá de las categorías denominadas por Vico naciones gentiles y sagradas; la raza, el color, el origen, el temperamento, el carácter y los tipos encubrían la distinción entre cristianos y todos los demás.
Sin embargo, si estos elementos conectados entre sí representaban una tendencia a la secularización, esto no quiere decir que los antiguos modelos religiosos de la historia, del destino humano y de los «paradigmas existenciales» de los hombres fueran simplemente desplazados; muy al contrario, fueron reconstituidos, reorganizados, y redistribuidos en los marcos seculares que acabamos de enumerar. Cualquiera que estudiara Oriente debía disponer de un vocabulario secular acorde con estos marcos. Pero si bien el orientalismo proporcionó el vocabulario, el repertorio de conceptos y las técnicas —ya que, desde el final del siglo XVIII, eso fue lo que el orientalismo hizo y lo que el orientalismo fue—, también conservó, como corriente permanente en su discurso, un impulso religioso reconstruido y un supernaturalismo naturalizado. Lo que vaya intentar demostrar es que este impulso del orientalismo residía en la concepción que el orientalista tenía de sí mismo, de Oriente y de su disciplina.
El orientalista moderno era, desde su punto de vista, un héroe que rescataba Oriente de la oscuridad, de la alienación y de la extrañeza con las que él mismo se había distinguido convenientemente. Sus investigaciones reconstruían las lenguas perdidas de Oriente, sus costumbres e incluso sus mentalidades, como Champollion reconstruyó los jeroglíficos egipcios a partir de la Piedra de Rosetta, Las técnicas específicas del orientalismo —la lexicografía, la gramática, la traducción y la descodificación de culturas— restauraron, encarnaron y reafirmaron los valores tanto de un Oriente antiguo clásico como de las disciplinas tradicionales (filología, historia, retórica y polémica doctrinal). Pero durante este proceso, Oriente y las disciplinas orientalistas cambiaron dialécticamente, ya que no podían sobrevivir en su forma original. Oriente, incluso en la forma «clásica» que los orientalistas normalmente estudiaron, fue modernizado y devuelto al presente; las disciplinas tradicionales también fueron introducidas en la cultura contemporánea. Pero ambos presentaban las huellas del poder: el poder de haber resucitado, incluso creado, Oriente, poder que residía en las nuevas técnicas científicamente avanzadas de la filología y de la generalización antropológica. En resumen, al haber llevado Oriente a la modernidad, el orientalista podía celebrar su método y su posición como si fueran los de un creador secular, un hombre que creaba nuevos mundos como una vez Dios había creado el antiguo. Para asegurar la continuación de estos métodos y de estas posiciones, más allá de la duración de la vida de cualquier orientalista individual, debería ser una tradición secular de continuidad, un orden laico de metodologistas disciplinados, cuya hermandad estaría basada no en un linaje de sangre, sino en un discurso común, una práctica, una biblioteca y un conjunto de ideas recibidas, en resumen, una doxología, común a todos los que entraran en sus filas. Flaubert fue lo suficientemente presciente como para ver que, con el tiempo, el orientalista moderno se iba a convertir en un copista, como Bouvard y Pécuchet; pero al principio, en los tiempos de Silvestre de Sacy y Ernest Renan, ese peligro no se vislumbraba. "



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