Malas tierras (fragmento)Jordi Sierra i Fabra

Malas tierras (fragmento)

"La encontró en la capilla, como había imaginado al no verla en la habitación. Por extraño que parezca, se había quedado dormido, vencido por el agotamiento. Y al despertar...
Aquella extraña y sobrecogedora soledad.
Mercedes estaba sola, arrodillada delante del altar, con las manos unidas. La capilla no era excesivamente grande. Situada en la planta baja del Gregorio Marañón, a la derecha de la entrada principal, parecía ser al mismo tiempo lugar de llegada y de despedida, de súplica y de acción de gracias, de esperanza y resignación, de aflicciones y gozos. El crucifijo que la presidía invitaba al recogimiento, y el visitante casi lograba sustraerse a la circunstancia de que muy cerca de él había decenas de personas debatiéndose entre la vida y la muerte.
Paulino miró al crucifijo con una sensación imprecisa.
No era creyente, aunque lo había sido. O tal vez lo era sin saberlo. Sin ninguna razón concreta había perdido la fe muchos años antes, o la había olvidado. Nunca se había preguntado cuándo, ni por qué, ni cómo, ni siquiera dónde. Mercedes, en cambio, sí lo era. Creyente y, en ocasiones, practicante. Sin embargo, nunca habían hablado de ese tema.
Se acercó despacio a su mujer. Sus zapatos, de suela de goma, no hicieron el menor ruido, o ella estaba tan absorta en su oración que no oía nada. Iba a ponerle una mano en la cabeza, a decirle que sin su compañía había sentido miedo y soledad; pero a menos de dos pasos se detuvo golpeado por el llanto.
Sacudido por la voz.
—Por favor... ¡Por favor, Dios mío!... Sálvala, dale un corazón... No la dejes morir así...
Paulino volvió a mirar al crucifijo, y el vacío que le atenazaba el estómago se extendió hasta su mente.
De pronto se sintió extraño. Y radicalmente perdido. No llegó hasta donde se encontraba su mujer. No la advirtió de que estaba allí. Cerró las manos, dio media vuelta y se alejó tan despacio como había entrado, pero mucho más confuso. Andaba cuando en realidad quería correr. Callaba cuando en realidad quería gritar.
Salió de la capilla y regresó a la quinta planta, pasando como un sonámbulo entre las escasas personas que a aquella hora se movían por el centro médico.
Nervioso y desconcertado, entró en la habitación de María. "



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